Por el Prof. Guillermo Antonio Fernández.

Tengo 74 años, nací un 17 de noviembre de l942.  Me casé con Lila Haideé Rodríguez con quien tenemos orgullosamente diez hijos. Soy hijo de Rosa Alva Vásquez y de Martín Carrizo, ambos fallecidos. Somos cuatro los  hermanos, Eduardo, un conocido médico de la capital y Carlos y Enrique, ya fallecidos. Nuestra madre, desde chicos, nos enseñó con mano dura que había que trabajar. Recuerdo que por esos años los hermanos debíamos levantarnos de madrugada para ayudar en la casa, mamá andaba desde temprano y no se quedaba quieta, era muy laboriosa, hacía de todo en la casa, a nosotros nos tocaba buscar leña y lo hacíamos sin protestar porque a la menor queja siempre estaba a mano el remedio, dice Alberto, sin dejar de sonreír.  -Uno, con los años, extraña y valora el trabajo entre hermanos al cuidado de los padres, tomar un mate cocido, un pedazo de pan casero, algo que siempre fue muy apreciado entre las familias de Fiambalá.

De joven, creo por entonces tenía 21 años, partí para Comodoro Rivadavia, la vida estaba dura aquí y no se conseguían trabajos bien pagados. Al final estuve en perforaciones durante diecisiete años para YPF, en pozos petroleros ubicados en Río Gallegos, Pico Truncado y Caleta Olivia. Pedí la baja de la empresa estatal e ingresé en otra llamada GILFOR ARGENTINA, donde me especialicé como oficial maquinista textil en máquinas inglesas y alemanas. Hoy me da risa recordar con qué dedicación y atención teníamos que trabajar por entonces, porque si uno no se especializaba era peón y te pagaban cualquier cosa. Años después, regresé a Comodoro, ingresé a SADE, otra petrolera de la que dos años después dejé, porque la verdad que extrañaba demasiado al pueblo, a mi gente. No sé, allí se ganaba bien, pero se dejaba la vida también, el clima era muy duro, de los inviernos ni le hablo, la nieve cortaba la piel y no dejaba casi respirar, pero era joven y me las aguantaba. Aquí también hace frío, pero es diferente, tal vez sea porque uno al estar en la tierra que quiere a todo lo ve diferente y hasta lo más difícil se hace fácil, dice Alberto, entre risas, mientras una de sus nietas se le abalanzan. Noto que él se suelta y se retuerce como una criatura, hay amor sincero en esa risa picarona y la chispa inquieta en dos ojos que no se sabe si son marrones o verdosos, porque Alberto es gringo y en la frente se denotan el rojizo que le vuelve la piel el sol de las viñas. Prosigue: -Ya casado y con varios hijos, en Fiambalá, trabajé como encargado municipal de Las Termas. Por entonces no había luz allí,  se trabajaba todo el día y se dormía temprano. Ya comenzaba a ir la gente, especialmente de otros lugares del país y de tanto en tanto, de Europa. De noche, por ahí, cuando estaba por llover y se ponía muy oscuro el cielo, sin una sola estrella, solía oírse ruidos raros, tan raros que pese a que yo nunca era de asustarme porque sí, más de una vez me pregunté si acaso no había algo raro, algunos solían decir que hay tesoros escondidos en el predio de las termas, porque además de los silbidos, y cuchicheos se suelen ver luces rojas y amarillas que suben y bajan de los cerros, muy raro. No vaya a creer que son de la gente, porque ese tipo de fenómenos inexplicables para mí ocurrían cuando no había nadie en el lugar. Si había gente nunca aparecían las luces. Yo fui a ver un par de veces, porque hasta música, como de flauta o violín solía oírse. No había nada, excepto sombras que cubrían los árboles, no les daba bolilla. Al final, creo que algo raro hay, aunque en los cinco años que estuve no me molestaron demasiado, es más, con el tiempo, hasta llegué a acostumbrarme, dice al fin, Alberto, sonriendo, mientras centra la mirada en una hija que llega en un ciclomotor, cargando a otra nietita, pecosa como la madre. Se saludan, le daba un beso a su nieta recién llegada y prosigue:

No falta quien dice que en las termas supo haber un cementerio aborigen, y debe ser así porque hay pircas, vasijas y otros enseres. Quizás hay un entierro, una noche fui hasta el lugar, vi las casas, un aljibe tallado en piedra, no sé, fue todo tan raro que sentí miedo, no era común que estuviesen esas cosas allí. Pero, al otro día, ni bien desperté, volví al lugar y no encontré nada. Don Santiago Olmedo, que sabía mucho de esas cosas, ni bien le pregunté, recuerdo que me dijo:

-¡No era para usted, Alberto! Por eso no encontró nada.

El recuerdo más lindo que tengo de las termas viene de allá por l993. Resulta que una tarde llega una camioneta oscura, importada, aquí no se las conocía, adentro iba un señor gordo y barbudo, morocho pero muy blanco de piel. Una mujer muy pero muy bella, una gringa que hablaba más o menos el castellano me pidió pasar a los baños. El hombre gordo y la mujer viajaban atrás, mientras que adelante iban dos roperos musculosos y serios. Al rato subí, les ayudé en algunas cosas, no había nadie, ellos vieron a mis hijitos, que eran varios y bien gringuitos, sonrieron, les pasaron galletitas, parecían complacidos. Entre palabra y palabra, con gestos mediante, la mujer me dio a entender que el hombre era nada menos que el cantante de ópera Pavarotti. Con el tiempo supe quién era en realidad. Bueno, la tarde pasó, la mujer lo trataba como a un bebé al cantante, porque lo secaba, lo cuidaba, como nunca he visto que una mujer lo haga con un hombre, dice entre risas. Ya entrada la noche, los viajantes tocan bocina, les abro la barrera y (a esto no lo olvido jamás), la mujer rubia se baja, me da las gracias en nombre de todos y estira la mano, como pasándome algo. Yo la estiro también y con disimulo, con cuidado, me pasa un rollito.

Bueno, dije, la propina para los chicos…

Se van, cierro la barrera, esa noche parecía que iba a llover y con seguridad nadie iría a las termas. Una vez adentro, le dije a mi mujer:

-Vieja, mirá lo que nos dejó Pavarotti. Abro la mano, era un fajito de plata, comienzo a contar y había ochocientos pesos. Casi nos morimos, nos preguntamos si no se habrían confundido. Recuerdo que ni bien pude, con esa platita compramos una camioneta Chevrolet Apache. Nos fui muy útil y durante varios años. Ese, creo, es uno de los mejores recuerdos que tengo de las termas, concluye al fin, Alberto, bastante conmovido.

 

Doña Rosa Alva Vásquez:

Doña Rosa iba a cumplir 96 años cuando decidió partir de este mundo. Había nacido en el año l918 (“En Fiambalá”, afirma su hijo), justo en el año en el que concluyera la Primera Guerra Mundial.

La conocí, era una ancianita de mirada dulce, sencilla, pero de rayos inquietos y firmes, en dos luceros celestes traslúcidos. Siempre supe que tenía sabrosas historias, que venía de descendientes que hasta habían lidiado en la famosa lid nacional entre los colorados de Rosas y los unitarios del general Lavalle, que hasta se decía por ahí que hasta el mentado Felipe Varela, allá por l870 y pico, habíase llegado cierta noche por la antigua casa familiar pero no se animó a apearse del caballo por la bravura de las damas.             Según Alberto, una tía abuela de doña Rosa, doña Nicolasa Vásquez, oriunda de Copacabana, había donado la tierra para la construcción de la actual plaza (Plaza Fray Mamerto Esquiú de Fiambalá), dice que de eso hace ya más de cien años. Que fue su familia también la que trajo las cañas al lugar, antes no las había aquí y debía buscársela en Tinogasta o Copacabana. Desde entonces, Fiambalá cuenta con caña propia, elemento útil para todo, tanto para hacer una vivienda como para las viñas. Que la casa familiar donde se criara ella, donde vivía con unas tías, estaba ubicada más o menos donde ahora tiene la casa la familia Acuña-Calamera, unos cincuenta metros al norte de donde viviera los últimos años doña Rosa.

El hijo dice que la última solía contarles que la casa era enorme, con galpones, caballerizas, corral y pasadizos que solían usarse cuando acechaban a los pueblos las tropas de los federales. Dice que a estos lugares solían allegarse tropas del general Paz, el manco Paz, el unitario, enemigo acérrimo de Rosas, que fue él quien se llevó cierta vez a un tío abuelo de su mamá, de apellido Vásquez también.

  “Mamá siempre decía que cuando el general Paz fue derrotado en Córdoba, huyó con otro compañero, como pudo, que penó casi un mes, comiendo cualquier cosa, hierbas, frutas del monte, a pie, descalzos, y muertos de hambre. Después de varios meses, pudo llegar recién a la casa. En el camino, en un pajonal, con el compañero habían hallado un santito, no recuerdo si San Antonio o San Roque a quien le pidieron ayuda para regresar vivos a sus casas. Y lo hicieron. Según contaba mamá, dijo que cierta noche estaba la tía abuela y otras tías, rezando un novenario en honor al año de la muerte del hermano. Entre risas, solía decirnos a Eduardo, Carlos y Enrique (a ella le encantaba contarnos historias viejas, de batallas, de guerras patrióticas, de nuestros ancestros) que sus tías estaban velando, lloraban a moco partido cuando el señor desaparecido se presentó, hecho una piltrafa, semidesnudo, flaco, barbudo y con cara de loco diciendo que era el hermano perdido, que no había muerto, que al fin regresaba.  Ante la sorpresa dijo que una de mis tías, se desmayó delante de todos. Bueno, así eran las historias familiares que mi madre solía contarnos”, memora Alberto, con un dejo de orgullo.  Y sí, deben haber sido bravo esos tiempos, porque siempre según mamá, a los niños y especialmente a los jóvenes los debían esconder en encastrados que se hacían entre las gruesas paredes, ahí los escondían para evitar la leva de los militares. No había “tutía”, si llegaban ellos, fueran federales o unitarios, cargaban lo que encontraban, desde ganado, trigo, caballos, mulas y también, si les parecía, alguna joven linda y todos los muchachos posibles o con edad suficiente para empuñar una espada, engrosando de esa manera, las filas de la soldadesca. Me acuerdo que en esa casa había “mohitos”, en lo alto de las paredes, donde guardaban o escondían, mejor dicho, mercaderías para tirar el año. No había almacenes como ahora, ¡claro que no!, si no había arroz, fideos, harina y grasa, la vida podía familiar podía ser demasiado dura para todos. La despensa siempre debía estar con elementos para sobrevivir.

     Y sí, la verdad que debo dar razón a quienes la recuerdan con sabor a historia patriótica a doña Rosa Vásquez, puesto que su familia no sólo ayudó a forjar Fiambalá, viniendo de un Copacabana añejo, sino que también sus ancestros, como doña Nicéfora Bracamonte, según Alberto  (-“Creo que abuela de don Julio y Ruly Oviedo, cuyo hermano, el doctor “Neto” Oviedo, fuera Presidente de la Corte Suprema de Justicia de la provincia”, aclara) fue la persona que donó la tierra para la construcción del edificio donde funciona actualmente la escuela 224.

               -Entonces era la 24, dice Alberto. -Allí mismo hizo la escuela primaria mi mamá.

              Para concluir, me dice, ya que mencionamos a los Oviedo, me viene a la memoria otro apellido como Del Pino. Mi mamá siempre se acordaba, porque un hermano suyo, Jacinto Vásquez, intrépido por excelencia, con sólo 15 años, fue el chofer del entonces Vicepresidente de la Nación Argentina, oriundo de la zona, Don Jorge Del Pino, para trasladarlo hasta Chile y hacer un relevamiento para el tendido del ferrocarril que llegaría hasta la ciudad de Tinogasta. No sé qué pasó con el tema del ferrocarril por el Paso de San Francisco, pero que ellos probaron que podía llegarse por ahí hasta el pacífico, lo hicieron, tras no sé cuántos días de fatigosa marcha. Mi tío era muy audaz y chofer desde jovencito del Ford A. Mamá dijo que en la aventura lo acompañó otro audaz, creo que don Everto Carrizo, padre de doña Beba Carrizo de Pisaya, si mal no recuerdo. La verdad que fue una hazaña lo que hicieron los dos jóvenes choferes y mecánicos, con la tremenda responsabilidad de trasladar al entonces Vicepresidente de la República, Doctor Del Pino, tan querido por los catamarqueños.

                  Creo que con estas historias, compadre, me dice Alberto, ya le he dado bastante de mi familia. Después sonríe, sonríe con la ternura añeja y picaresca y la satisfacción de verse rodeado bajo los algarrobos de su casa, de sus queridos nietos que con los años, le han enternecido el alma de viejo guerrero de la vida.

                  También sonrío y no dejo de pensar, que la vida es así, hoy estamos, mañana no, pero algo habremos de dejar para que nos recuerden con aprecio.

 

Autor: Prof. Guillermo Antonio Fernández.