Por Prof. Guillermo Antonio Fernández y Ramón Antonio Quiroga.

Fue un domingo cuando llegamos a su casa de Palo Blanco, sencilla, de pocos y rústicos muebles, pero impecablemente limpia y ordenada. Su hija Rosa nos lleva hasta el hombre. Ni bien nos acercamos, la señora le habla en voz alta porque don Ambrosio además de casi sordo está cieguito,nos estira la mano, con la mirada perdida hacia arriba, sonteniéndose apenas sobre un bastoncito.

-¡Buen día!, nos dice, antes de preguntarnos amablemente quienes somos y que hacemos en su casa. Al cabo de informarle el motivo de la visita, como sumergiéndose en el tiempo, nos dice que tiene 101 años, aclara que nació un 20 de agosto de l915 en el paraje Río Amarillo del Encanto. Solito comienza a contar que allí se crió criando cabras y ovejas de la familia, que ya más grande debió dejar el puesto para ganarse mejor la vida.

-¡Parece mentira m´hijo, por il paso el tiempo! ¡Un siglo cumplí!, exclama don Ambrosio, elevando la voz, con ancha sonrisa. En su testimonio refiere que por entonces, l930, más o menos, se acordó que acba de ser derrocado Hipólito Yrigoyen por los militares, no había trabajo en la zona y los jóvenes partían un tiempo para Fiambalá, Tinogasta o a la zafra de Salta o Jujuy en el tren que salía de Tinogasta. ¡No se llegaba nunca!, dice, pero había que ir igual porque no había cómo ganarse la vida. ¡Muy fieros los tiempos mi amigo! Si se criaba animales no se vendía, las verduras casi no se conocían, así que la gente se las arreglaba como podía en los puestos. Aclara que trabajó de muy jovencito en el ingenio Ledesma y en la zafra de Orán, que sufrió tristezas porque se veía tan lejos de los suyos, en tierras ajenas donde no conocía a casi nadie, que igualmnte en aquellos lugates, la gente era muy pobre, que se ganaba poquito y se trabajaba como burro, “¡De sol a sol!”. Por eso cuando pudo se volvió para radicarse en Punta del Agua, calcula por el 60 más o menos, dice que ya no se acuerda bien pero que él ya era grande. Después dice que aunque en el lugar tampoco había trabajo. Cuenta que en Punta del Agua se afincó y formó familia con Manuela Reynoso, de Chile, que tuvo varios hijos, que no se acuerda el nombre de todos, pero sí de Secundino y Evasio que viven en Punta del Agua con familias, de Ramón (80) que casualmente lo andaba visitando ese domingo y se radicó en Tinogasta, de Ovidio en Palo Blanco e hijas mujeres como Rosa (77) al cuidado de quien vive y no lo deja ni a sol ni a sombra, Cilda de La Ramadita, Fiambalá, Adela (78), Dionisia y Susana. Aclara que esos son los hijos de los que se acuerda los nombres. -¡Hay días don, en que no me acuerdo casi nada, poco me acuerdo ya. Para colmo perdí a mi compañera hace un tiempito, ella sí se acordaba bien. Pero yo no…!, aclara don Ambrosio, mientras vacía el vaso de agua y toma la pastillita que le pasa la hija, a los gritos. -¡Tome papá!, le dice Rosa al oído. Interviene y aclara: -¡Yo i nacío en La Palca, don, porque por todos esos laos hemos estao viviendo con mis papás, por entonces! Después hace silencio y le dice al padre que cuente como llegó a Punta del Agua, hace más de cincuenta años.

Don Ambrosio retoma el relato:  Ayudó a que nos quedásemos en Punta del Agua, donde había tres o cuatro casitas, nada más, entre ellas, estaba la de Lino Araya, cerca del paso del río para Chuquisaca y la Mesada. Por el 50 o cuando cayó Perón más o menos (1955), aclara, apareció un tal Asencio o algo así, creo que de Buenos Aires y dio comienza a una industria. -¡Juá, nos devolvió la vida aquel hombre, ya que andábamos piel y hueso, por la pobreza y la falta de tabajo!, dice como pensando, don Ambrosio. Luego prosigue: -El tal Asencio comenzó a contratar gente y ahí nomá, se largó la industria de la cera, nos hacían cortar las retamas para luego hervirlas en grandes tachos. Luego de muchas horas de hervido, quedaba como una masa que juntábamos en una especie de “bodoques” que mandaban a no sé dónde. La actividad le dio vida a Punta del Agua y comenzaron a venirse otras familias, de a poco se fue formando el pueblito, hasta que un día vino Ramón Cuellar de Tinogasta, que era propietario de casi todas esas tierras, y un día se le dio por donar un terreno para que se haga la escuelita. No sé si fue él o un tal Salman que anduvo muchos años también por la zona y tenía tierras en el lugar, pero bueno, uno de ellos terminó donando, creo que después de que se recuperaron las tierras a un banco porque habían sido dados como garantías de un préstamo o algo así, eso es lo que la gente decía por entonces. A la escuelita la hicimos entre todos los vecinos, tabajando codo a codo. Porque la más cercana era la de Palo Blanco a la que yo fue dos o tres años, por eso sé leer y escribir, aclara. La primera maestra fuera una señorta grande ya de Catamarca, vino con su familia y estuvo varios años, buena docente, enseñaba bien. Me acuerdo de Julio Flores también, buen maestro, hombre que hablaba muy bien y leía mucho, sé que se jubiló y vive también en Catamarca. A los maestros de ahora no los conozco, pero sé que la escuelita está más grande, hace tiempo que no la veo, además con mi problema de vista, aclara… Pero a decir verdad, la tierra era fiera, no se producía nada, a no ser “jaboncillo” . La gente tuvo que trabajar mucho, como Lino Araya que nunca dejó de forestar el lugar con álamo y hasta viña e hizo un lindo puesto.

La creciente: -Me acuerdo que una noche nos sorprendió la creciente, estábamos con mi compañera y de la nada nos quitó la casa y los animales, -¡Amalaya que había sido fiera, don!, desliza don Ambrosio, con tono desparejo. Con la patrona y los hijos, Ramoncito, el mayor, tendría unos doce años por entonces, nos dimos maña. El río Mogote creció como nunca, daba miedo oír a la creciente bajando, a nosotros nos entró de golpe a la casa, cubrió los corrales, ¡un desastre!, y salimos corriendo para la parte más alta de Punta del Agua. Nos salvamos porque Dios es grande, recuerdo que con Manuela atábamos a los niños con una soga para que la correntada no los lleve, la creciente no nos dio tiempo ni a cerrar la puerta, fue espantoso, barrió el pueblito casi por completo. Se salvaron los ranchitos que estaban en la parte más alta, pero los que viviíamos de este lado (al sur del río), no nos quedó nada, ni cabras, ni vacas, ni ovejas, nada, excepto nosotros, Dios mediante, con lo puesto, don, refiere don Ambrosio. Se lo nota apesadumbrado, los recuerdos de la creciente le duelen al hombre. Después expone que esa vez se salvaron de milagro, que al otro día, cuando todo había pasado, en la casa, en los corrales, en medio pueblo, del río para el sur, estaba todo cubierto por un metro de barro, no había nada que hacer, excepto “Volver a empezar, como tantas veces…”, según propias palabras.

   Luces extrañas sobre los cerros:

Don Ambrosio parece que quiere cambiar de tema porque de la nada, nos habla de otro lugar. No quiere ni nombrar al río Mogote. En cambio nos cuenta de Río Grande, dice que una noche en que solía andar arreando vacas para las estancias, vio aparecer de la nada dos luces redondas y muy brillantes, al principio se asustó, pero como vio que se pararon sobre los cerros y allí permanecieron, se quedó quietito detrás de unas rocas. Recuerda que estas luces eran muy brillantes, y que alumbraban primero al campo, después la cresta de unos cerros, como si buscaran algo. Aclara que no oyó ninguna clase de ruido.  -¡Muy silenciosas las luces, muy raras y blancas, don!, reitera don Ambrosio, con el mentón apoyado sobre el bastoncito casero. Esa vez me asusté, porque después, cuando segui camino, me puse a pensar tantas cosas, como que podían estar siguiéndome, de tanto en tanto miraba al cielo, si por una de esas no estaban esos platos voladores o lo que fueran por encima de mí, listo para cazarme, no sé, enfatiza, el anciano.

De su vida anterior en Punta del Agua cuenta que estuvo además de Río Amarillo, en La Palca. Allí conoció doña Leonilda, hija de Pedro y Rosario Santana, dice que después se fue como mucha gente de la zona a Comodoro Rivadavia y nunca más la vio, que era muy guapa y mandona la mujer. Se acuerda que como cuidador de hacienda trabajó para don Estabrófilo Díaz de Fiambalá, tenía muchos animales, vacas, ovejas, cabras, en la zona de las estancias, cerca de Las Papas. Su mamá era de la zona, nos indica con ayuda de Rosa que se llamaba Dionisia Contreras, que su abuelita era de Palo Blanco y su abuelito de Río Colorado,Tinogasta. No se acuerda de los nombres pero sí que por l870 más o menos venían desde Tinogasta a vender mercaderías a los puestos de Río Amarillo, La Palca y de las estancias, cambiaban ayúcar, yerba, grasa, aceite, sal, fideos, arros, harina, bueno, lo que se compraba para comer entonces, golosinas no había, aclara. A cambio, llevaban a Tinogasta, cabras, ovejas, cueros, trenzados, lazos… Todo era por obra de “trueque”.Pese a que la vida era dura, la gente compraba y vendía además de con trueque, “de palabra”. La gente era de fiar por entonces, por eso, mis abuelos, después, se vinieron a estos pagos para aquerenciarse también “La palabra valía más que tuito el oro, don”-aclara.

En Fiambalá trabajó en la viña para don Eladio Silva, no había muchas hectáreas por entonces, porque había trigo también. Aunque enfatiza que sentía mucho frío en Fiambalá, mucho más que en los puestos del norte de Palo Blanco.

Don Ambrosio está hablando con un hilito de voz, está cansado el hombre, aclara que ya tiene que descansar, que se va acordando pero que ya no es como antes. Le preguntamos si desea darles un mensaje a los jóvenes y dice que sí, que le gustaría que los jóvenes de hoy valoren más a los pades, que sean más buenos, más tolerantes, que guarden, porque por los jóvenes que él mismo conoce de su pueblo, gastan la poca platita en pavadas, en vino, en joda, aclara. Después no queda nada, cuando uno ya está viejo como él.

Lo dejamos finalmente, con su sombrerito gris de alas anchas, de gamusa, como los de antes, bigotitos hasta la curvatura de los labios, campera gris, camisa a cuadros y el bastoncito de madera, hecho seguramente por manos hacendosas que debieron lidiar con alguna madera de la zona. Don Ambrosio sonríe.

-Hasta pronto, don Ambrosio, ya le mandaremos un libro, le digo al oído. Él no oye, hace a un lado la cara para que se lo diga de vuelta.

-¡Papá!, Ramón dice que ya se van para Fiambalá, que gracias por todo, que ya te va a mandar un libro!, interviene finalmente Rosa, hablándole como ella sabe hacerlo, al oído.

Recién entonces, nos dice, extendiendo la diestra:

-¡Ahh, bueno, bueno, hasta luego, entonces…! ¡Chuy!, exclamó el viejito, acurrucándose como pudo.

Ante la ocurrencia, reímos de buena gana, antes de subir al auto, de regreso al mismo pueblo donde según don Ambrosio Barrionuevo, padeciera tanto frío, mientras hacía changas en las viñas de don Eladio Silva.

 

Por Prof. Guillermo Antonio Fernández y Ramón Antonio Quiroga.