Por el Prof. Guillermo Antonio Fernández.                                                                                                                          

(Foto: don Pedro, en su cotidiano medio de transporte)

*Esta nota fue hecha por quien suscribe cuando don Pedro aún gozaba de las viñas en Fiambalá y disfrutaba del sol de la tarde, en su casa de Barranco, con su familia, que tanto amaba. Con todo cariño, a su memoria.

Aquella mañana de octubre, el sol picaba fuerte cuando golpeé la puerta de don Pedro. Me atiende la señora y en segundos, escucho los pasos pausados del hombre. Me invita a pasar y nos ponemos a conversar, es un hombre de mirada firme, se ve que en su mocedad fue corpulento pues aún perduran los hombros anchos y los gestos resueltos. Me dice que su nombre completo es Pedro Nolasco Nieto, que tiene 85 años, nacido y criado en Fiambalá, hijo de Florentino Nieto, oriundo de Vinchina, La Rioja, y de doña Rosario Carrizo, como él, hija del pueblo. Lo acompaña su esposa, tiene la mirada tierna para él, supongo que es por el afecto de acompañar toda una vida a ese hombre de rostro apacible y palabras medidas. Don Pedro me aclara que su compañera se llama Antonia Benicia Mamaní. Le pregunto de sus años mozos, me dice que nació en l929 y que estudió en lo que ahora es la escuela 224…

Y así, mientras el sol comienza a descolgarse desde las termas y picotea con desgano la cresta de las viñas florecientes, me cuenta de a poco, hilando palabras,demudando el rostro de a ratos, con la mirada sumida en los rayos de un octubre lozano y ventoso…

-“Recuerdo que tenía de maestro a Ricardo Bustamante, famoso docente de mano dura, pero excelente educador, le tengo mucho cariño porque me enseñó cosas muy importantes. Además del estudio, siempre insistía con la puntualidad y el respeto hacia los demás. Si no hacíamos la tarea nos ponía de plantón. De chico, cuando iba a la escuela, ayudaba a mi papá en la viña, podábamos, atábamos, en fin, todo lo que hace a la preparación y por supuesto también a la cosecha, la famosa gamela. Cuando no ayudaba en la viña familiar me ganaba unos pesos trabajando en la viña de otros, entonces, no se ganaba mucho por día, pero ayudaba. Se trabajaba por temporada, a eso lo hice entre los años 57 y fines del 70 más o menos. Me acuerdo que tenía un conjunto musical llamado “Trío Santa Bárbara”, integrado por Julio Amaya en guitarra, Emilio Carrizo en bombo y quien le habla, con el bandoneón o el acordeón, según la ocasión. Hacíamos unos pesos y de paso nos divertíamos, muy lindo y alegre todo eso, la gente se alegraba la vida en familia, creo que eso se ha perdido bastante hoy en día, aclara. Luego sigue: –Solíamos tocar en el Club Ríver de Barrialito al que iba mucha gente o en el salón de Rodolfo Sosa,por entonces, en la Fiesta de la Virgen del Tránsito. En los últimos tiempos, cuando joven digo, tocábamos también para Nicasio Páez, en San Pedro, éste hacía baile por su cuenta y la fiesta duraba semanas, a veces. No olvido que en una de esas me hablaron para preguntarme si no quería entrar en la policía. Fue don Abdón Rasjido quien lo hizo, creí que se trataba de una broma, porque, ¿de músico a policía, vio?, pero él era un buen hombre, muy serio, ya era policía viejo y respetado en todo Fiambalá. Me pidió que lo pensara  y la verdad que mucho no lo hice, la plata no alcanzaba… Creo que me vino el nombramiento de un tal comisario Bolicich de Tinogasta que tenía que reclutar a dos agentes, yo ya era uno de ellos. Con Abdón trabajé varios años. Recuerdo a Ramón Perea, con él nos solíamos turnar para la guardia en la comisaría de Fiambalá, hacíamos veinticuatro por veinticuatro horas, eran pocas las vacaciones y el sueldo también, recuerda, no teníamos vehículo excepto las bicicletas de cada uno. Confieso que aunque muy bien no se ganaba había que cumplir  y bastante, sólos, solíamos recorrer el pueblo, todos los días en ronda, a bicicleta, a pie, a veces, hasta el Guanchín si era necesario. En ocasiones, cuando también estaba de comisario Any Assad, creo que hoy es abogado en la capital,  debíamos marchar de patrulla muchos días a lomo de mula, porque nunca faltaban casos de cuatrerismo o algún avivado por ahí que se adueñaba de los animales ajenos. Recuerdo un caso en que una vez tuvimos que ir hasta un puesto cerca de Las Angosturas, allí encontramos a uno que tenía listo los animales faenados, varias ovejas. Cuando lo sorprendimos nos dijo algo que nos dejó boquiabiertos: estaba faenando para una patrulla de gendarmes destacada por la zona, por entonces dependían de Chilecito,no lo podíamos creer. Lo mas lindo fue que los mismos gendarmes nos habían prestado las mulas, no sé que habrá pasado con esos pícaros, creo que eran dos de no sé dónde, de puro avivados hacían eso, estaban muy lejos de su Escuadrón, Chilecito, por entonces, la verdad que estaban peor que nosotros, sucios, flacos y barbudos, recuerda don Pedro, sonriendo bajito con tierna alegría. Después agrega: Al poco tiempo pedí el retiro, con la jubilación de policía y haciendo otros trabajos particulares fuimos saliendo adelante con Antonia, queríamos que nuestros hijos estudiasen, gracias a Dios lo hicieron, Victor Hugo es profesor y María Antonia, maestra, y bueno, mi querido Pocho, que se nos fue antes de tiempo y era un excelente policía. Así criamos a nuestros hijos, trabajando, sin bajar los brazos, dándonos mañas, sin dejar de tener esperanzas, porque cuando se pierde la esperanza se pierde todo.

     Fiambalá era muy diferente al de ahora. Por aquellos años, la gente sembraba y cosechaba trigo. Aún me parece ver a mamá cuando nos daba “Cocho”, trigo molido tostado con azúcar, el mejor postre que he comido en mi vida porque lo hacía ella, claro, dice don Pedro entre risas. Luego prosigue:  -Hasta solíamos llevarlo a la escuela para los recreos. Por esos años, la gente se ganaba la vida trabajando en serio, había dos molinos que recuerdo, uno cerca del Guanchín (dos piedras redondas y grandes que giraban con la fuerza de la corriente, aclara), muy ingenioso por cierto, creo que era de los Bordón, el otro estaba en Tinogasta, desliza don Pedro, con voz pausada. La gente no se quejaba como ahora, no andaba con esto o con aquello, la consigna no era lamentarse, se trabajaba y punto, todo el mundo se levantaba de madrugada, las mujeres barrían y los hombres nos cruzábamos en las calles, cada uno para su trabajo, entre el canto de los gallos, bien peinados y la cara lavada. Las ocasiones de fiesta eran de tanto en tanto, aunque uno se divertía en serio, muchos días, como San Pedro, con alegría sana, vino patero o Saleme que ya se vendía de la bodega de Tinogasta, y mucho asado, siempre, con guitarra, bombo y acordeón, concluye don Pedro, con un dejo de nostalgia que se descuelga de sus ojos fatigados.

Ya ronda el mediodía, de la cocina, seguramente de manos de doña Antonia va naciendo ese aroma a guisado que llega hasta nosotros, mi nieta Francesca que me acompaña ésta vez, me tironea cada vez más seguido, me doy cuenta de que está con hambre, creo que es suficiente la molestia que le causo a don Pedro, debo dejar descansar al inveterado policía y músico del añorado Trío Santa Bárbara. Le doy las gracias, un beso a doña Antonia, pido disculpas por la hora y los berrinches de Francesca, me despido.

Desde la puerta, sonriente, me despide el hombre de cabello cano peinado hacia atrás, casi a la gomina, como se usaba antes. Lo imagino al hombre, vestido de policía y con el acordeón a los pies, sonriendo, sonriendo complacido, por la virtud que le diera la vida y la hermosa familia por la que no deja de luchar, aún, a sus ochenta y cinco jóvenes años, en su barrio querido de Fiambalá.

No olvido cuando exclamó tan graciosamente: – ¿De músico a policía?.Y sí, don Pedro pudo hacerlo, con la firmeza de la responsabilidad, sin que se le arrugue el uniforme ni se le desafine el bandoneón, cuyos acordes de tanto en tanto, arrancan desde la memoria del legendario Trío Santa Bárbara, cuyos acordes, donde hoy se halla don Nieto, seguramene sonarán por siempre cada vez que lo recuerden con el mayor de los cariños, recorriendo las calles en su ponderada bicicleta.

 

Autor: Prof. Guillermo Antonio Fernández.