Por el profesor- escritor Guillermo Antonio Fernández – (Historias de Fiambalá, Catamarca).

Don Felipe en su finca.

“-Yo nací en Agua del Rubio, nos dice don Felipe, frente a su casa de Santa Bárbara, rodeado de las fragantes viñas de su propiedad. El hombre está acompañado de sus hijos José, Juan y Denis que lo siguen a sol y a sombra. Tomamos asiento y nos disponemos a hacer la entrevista. Caco, fiel a su labor les toma varias fotografías. Detrás de ellos, en silencio, testigo de una memoria milenaria, la luna, comienza a elevarse cual blanco y gigantesco globo. El canto de los grillos también se suma al arrullo de la hora, al igual que la perrada de la casa que nos sacude las lengüetas contra las piernas.

-Déle papá, cuente, cuente usted, que tiene muchas historias, le dicen, Denis y José. Lo tratan de usted, muy respetuosamente, al viejo estilo de antes. Don Felipe saca unas hojitas de coca, engrosa el acullico y como un patriarca, con gesto solemne, nos dice:

-¡Claro que tengo historias para contar! Pero son muchas, muchas, de verdad. Con sólo verlo, me doy cuenta de que no miente, porque él mismo es toda una leyenda en Fiambalá.

-Refiere el hombre con gesto grandilocuente: nací en Agua del Rubio, en la vieja estancia de Los Del Pino, al norte de Chuquisaca. Mi papá fue Santos Severo Carrizo y mi mamá (¡qué en paz descanse la pobre!, apunta), Santos María Rasjido; ella había nacido en el cordón de San Buenaventura, algo lejos de aquí. Tuve seis hijos. Hasta los siete años vivimos en Agua del Rubio, mi mamá era muy guapa, trabajaba como cocinera de estancias. Por eso, a veces, solíamos andar de una estancia a otra. Llegó a trabajar para hombres que tenían estancias por aquellos lugares alejados de Fiambalá como don Julio César Oviedo padre, Arturo Carrizo, Zacarías Carrizo y una mujer muy fuerte, doña Delia Del Pino que mandaba con puño de hierro. Ella y su familia, habían hecho traer por esos años de España, unos toros de raza para cruzar el ganado; eran gente de plata y les gustaba vivir en el campo.  Por aquellos años, le estoy hablando de entre el treinta y nueve y el cincuenta (yo nací el 1ro. de marzo del 37, puntualiza), toda esa zona (hoy, lamentablemente abandonada), estaba llena de estancias con miles de cabezas de vacunos; ovejas y cabras, ¡ni hablar! Gracias a eso, había mucho trabajo también. A mi mamá no le faltaba. Yo era chico (cuando tenía dos años murió mi papá) y no me quedó otra que acompañarla. A veces, solíamos quedarnos solos con otros chicos, uno o dos días, hasta que ella terminaba su trabajo. En la época de esquila no se paraba y había que aprovechar para hacer unos pesos. Fuera de eso, la vida era tranquila y yo jugaba en el campo. No olvido a mi tío Santos Carrizo y también a don Froylán Mamaní que trabajaban en la esquila. Ellos se encargaban del trueque que se hacía en Palo Blanco. En ese pueblo era don Crescencio Caro (“Creshe”, como le decían) quien recibía lana y otras cosas. A cambio se conseguía yerba, azúcar, grasa, fideos, todo en bolsas. A veces había galletas que duraban semanas enteras. Don “Creshe” los recibía a todos, muy trabajador el hombre que vivía en Palo Blanco, diez leguas al norte de Fiambalá.

No había cocina a gas ni nada por el estilo en esa época, así que desde muy chico había que buscar leña por ahí. Recuerdo que cierta tardecita, mi mamá, me mandó a buscarla al cerro. Fui caminando hasta donde había “moyes” e hice una carguita. No sé cómo pasó pero llegamos hasta el lugar con otro muchacho llamado Lorenzo Bayón que vivía para otro lado. El tiempo fue pasando y cuando nos dimos cuenta estaba oscureciendo, mi casa quedaba un poco lejos. Al cabo, mi amigo regresó. Pero yo me entretuve en no sé qué y me agarró una tormenta de aquellas. Usted no se da idea de cómo estallan los truenos entre las montañas, parece que el mundo se viene abajo y el piso se sacude debajo de uno. Creo que volví después de varias horas, mojado y muerto de frío, aunque con la leña sobre el hombre. Esa vez, creí que no iba a llegar nunca a la casa. ¡Porque así es la montaña, vio! De pronto, el clima está lindo, hay sol, y de un minuto a otro, se nubla y se larga una tormenta de aquellas. En el camino parecía que me seguían sombras que creí fantasmas y apenas si podía controlar el temblor de las piernas del susto. Los relámpagos reflejan muy “fiero” las cosas, las agranda, no sé, la verdad que me asusté, entonces.

Otro día (yo tendría unos ocho o diez años, recuerda don Felipe), me tocó acompañar a un viejito a la estancia de don Zacarías Carrizo, a varias leguas de la casa. El abuelo apenas si podía caminar, pero lo solían llamar de las estancias porque nadie como él, “vichoco” y todo, para trabajar el cuero. Era increíble, hacía lazos, torzales, bozales, con una maestría que daba envidia, aunque casi no tenía fuerzas. Si mal no recuerdo vivía en un paraje conocido como “La Oficina”, así que tenía que ir a buscarlo (para colmo quedaba lejos), y llevarlo hasta la estancia que lo hacía llamar. Esa vez tuvimos que cruzar el cordón de San Buenaventura, era invierno y estaba todo nevado, hacía un frío de aquellos, pero más que nieve había hielo y el camino se puso resbaloso. Me acuerdo que dos por tres nos teníamos que parar y bajarnos de las bestias (mulas) para echar tierra sobre las sendas para que las patas no resbalasen. Por poco, no caímos al precipicio en el que se perdía la vista. Mejor dicho, el que se tenía que bajar era yo, ¡si el viejito no podía ni bajarse! Fue muy duro hasta que al fin llegamos. En el camino vimos un puesto quemado, no sé por qué pero quise llegar hasta los restos de la casa. Lo raro fue que cada vez se alejaba más y más, como si me quisiese perder o alejarme del camino. El viejito me dijo que no le haga caso, que vaya a saber por qué quería que yo fuese, era como si me llamara, no había nada alrededor, solo montañas, campo y nieve.  Pegué la vuelta, fue muy raro, nunca me atrajo algo de ese tipo. Después de varios días, volvimos a La Oficina, al fin. Y yo regresé a Agua del Rubio. No olvido que durante el viaje, llegamos hasta donde estaba un puestero de Julio César Oviedo que nos dio un queso de cabra, eso nos mató el hambre durante el regreso.

Otra vez, fuimos con mamá hasta las termas conocidas como de Los Hornos, al norte de Las Papas. Por allí vivía doña Victoria Reynoso que arrendaba un campo para cría de cabras y ovejas. Esa tarde, uno de sus hijos, me hizo subir a un “tochicito” (burrito) y salimos a pasear. En cierto momento, me bajé a tomar agua en una vega. Me acuerdo que me podía ver la cara reflejada nítidamente en el agua, cuando de pronto, saltó una ranita y me dio (a mí me pareció eso) un beso. ¡Sí!, aunque parezca mentira, me dio un beso la ranita, insiste don Rasjido, sin poder contener la carcajada.

En eso interviene José que le dice: -Ahora entiendo porque usted es tan “besuquero”. Nos reímos todo de la ocurrencia, que no deja de abrazar al padre. Don Felipe, recarga el “acullico” y enciende un cigarrillo:

-¡Y sí!, me pasó de todo, insiste, aún sonriente. Me acuerdo que otra vez mi mamá (ella tenía que andar para todos lados la pobre, aclara), se vino a buscar uvas a Palo Blanco. ¿Cómo las llevaba me dice? Usaba unas especies de parrillas que ya casi no se usan, se las llamaba “chinguillos” o “chiuas”. En estas se cargaban las uvas y luego se las ajustaban con tiras para cargarlas en las mulas. Eran bastante seguras, se las fabricaba con ramas de “badre” o “pichanilla”. Esa vez estuve solo y casi me ahogué con un hueso de chivo mientras comía. Me salvó un señor que me dio un solo golpe en la espalda y pude escupir el hueso que se me había cruzado en la garganta. Pero bueno, eran riesgos que se corrían entonces. Como recuerdo que en otra ocasión, no sé cómo fue, pero había un velorio, un viejito había muerto casualmente, atragantado por un hueso de chivo. Mi mamá se había ido a la casa del difunto donde lo estaban velando, a una legua y pico, más o menos. Nosotros, varios chicos, jugábamos en la casa. Habíamos quedado al cuidado de una chica más grande. En eso, comenzamos a sentir un viento tan fuerte afuera, se oía como ruidos de cadenas o algo así, que nos puso los pelos de puntas. Eso duró como una media hora más o menos, sentí una sensación tan pero tan fea que estuve seguro que eso no era nada bueno. Recuerdo que la chica que nos cuidaba nos dijo que era el diablo que se enojaba. Que teníamos que callarnos y ser respetuosos, porque él venía a buscar el alma del difunto. Creo que rezamos o algo así, y se acabó todo. Cuando volvió mamá, me encontró tapado hasta las orejas, envuelto en transpiración, ¡qué alegría me dio verla de vuelta!, señala finalmente don Felipe, elevando la mirada hacia los últimos rayos de sol, como si en ellos descubriera a la mujer que le diera la vida.

-Cuando ya vivíamos con la familia de Alfonso Titos, en otra estancia, solíamos despertarnos muy temprano. Pero no siempre era porque había que trabajar, sino que el dueño de casa tenía un hijo que no era muy normal, el pobrecito. Lo cierto, fue, que ni bien se levantaba el muchacho, sin lavarse la cara ni desayunar, agarraba un tambor que tenía y se iba al patio a cantar la vidala. Pero eso no sería nada sino fuera porque cantaba desde que se levantaba hasta que oscurecía y volvía loco a todos, excepto a los dueños de casa. Nunca, en mis largos años he visto algo así, insiste el veterano agricultor de sus años cuando aún no vivía en Fiambalá.

-La verdad que para mí no fue nada aburrido vivir en aquella zona, tengo muchos y lindos recuerdos. Como por ejemplo, cuando hice la escuela primaria en Las Papas. Tuve de compañeros  a Juan Titos, a Lorenzo Bayón y Natividad Muñoz. Este último creo que después fue maestro y se jubiló como tal. De los maestros, me acuerdo de Ramón Sierralta de Tinogasta que escribió un poema muy lindo llamado “Plegaria Colla”, que alguna vez oí por la radio y habla de Las Papas. A él lo llamaban “El Gringo”. Pero de quién no me olvido por lo que me pasó es de Ricardo Bustamante de Fiambalá, “Ricardito” le decíamos sin que nos oyera, porque así lo llamaba la gente. Ese maestro fue todo un personaje, siempre muy serio, muy correcto el hombre. Una vez, a mí me tocó estar en un asado con él y varios padres de Las Papas. Yo era “culillo” (curioso). Recuerdo que “Ricardito” se tomó, entre vidalas y chacareras, unos tragos y hasta se animó a cantar la vidala, algo que me llamó la atención. Ya le dije que era muy serio, el director. El lunes siguiente, no tuve mejor idea que imitarlo en el aula, delante de todos mis compañeros. Le copiaba los gestos, movía los brazos y canté la vidala como lo había oído a él, haciéndome el “machao” (borracho). En eso, nadie me avisó nada, me sorprende. ¡Já!, todavía me duele la oreja de la levantada que me pegó. Recuerdo que me dijo: ¡Así que al niño Felipe le gusta imitar al director! ¡Y otro orejazo! Me tiró las orejas, como dicen: “para que tenga y para que guarde”. Aún lo recuerdo, cómo me reí después, claro que mucho después, cuando se me fue el dolor de las tiradas de orejas que me quedaron como tomates. ¡Así era ese maestro! Enseñaba, pero guay, con reírse de él. Sin embargo, ahí no terminó todo. Porque tiempo después, cuando mi mamá se viene a vivir a Fiambalá me toca hacer 5to. y 6to. grado en la escuela 24. ¿Y a quién tengo de maestro? ¡A Ricardito Bustamante!, enfatiza don Felipe, riéndose.

-De mis compañeros de la 24 recuerdo a Jorge Quinteros, la Rosita Varas, Luis Sablé y Lito Cuello, entre otros, concluye, sin dejar de sonreír ni de acariciarse las orejas”, no deja de sonreír don Felipe Rasjido, “el agricultor”, como decidimos llamarlo, porque siempre vivió orgullosamente de su trabajo como productor viñatero en Fiambalá.

 

(*Hoy, don Felipe, ya recorre las praderas sin fin de las alturas del alma, donde el tiempo es solo un recuerdo y las viñas no menguan nunca el dulzor de sus uvas)

 

Autor: Prof. Guillermo Antonio Fernández