(Foto: Don Pancho Quiroga en su casa de barrio J..M. Salas)

Por Guillermo Antonio Fernández

Me acuerdo bien, fue un domingo de zonda que desde la siesta punzaba los ojos y ponía los pelos de puntas…

Entre retamas, cañas y algarrobillos, se recortaba sinuoso el alongado caserío.

Don Francisco Solano Quiroga ya se acercaba a los noventa. Pidió lo llamara “Panchito”, como aún lo conocen todos en el pueblo. Tenía los pliegues de la vida marcados en las mejillas y el cabello entrecano peinado hacia atrás. Recuerdo que dijo le gustaba así: engominado, como lo usaban los de antes. (Foto: Don Pancho Quiroga en su casa de barrio J..M. Salas)

Al principio, se mostró serio, con las manos cruzadas en la puerta de su casa del barrio Juan Manuel Salas. Apoyado contra el marco, el hombre, parecía uno de esos patrones de campo que descansan parados con la mirada perdida en el horizonte. La delgadez engañosa de una musculatura forjada en el trabajo duro afloraba con naturalidad, sin desprenderse de la gorrita de lana que le cubre hasta las orejas. Las alpargatas negras de yute le envuelven los pies.

Yo nací un 26 de julio de 1930, reveló como al pasar, sin voltearse, mientras señalaba una sillita con almohadones.

Estoy de vuelta, don, replica, por eso me encuentra.

Entendí que se había ido de viaje, le pregunté adónde. Él sonrió.

Fui a charlar de “algunas cositas” con San Pedro, don. Pero el Santo casi no quiso atenderme, me dijo que esperara un poco más.-¡Todavía no!, recuerdo que me sopló entre sueños. Y ya lo ve: ¡me mandó de vuelta!

Recuerdo que ese atardecer también sonreí de su peculiar sentido del humor frente a la muerte, algo de lo que muchos ni siquiera queremos oír. Claro que eso fue después de anoticiarme de que estuvo casi una semana en terapia intensiva en un hospital de San Fernando del Valle de Catamarca. Todo, según él, se debió a una gripe mal curada o algo así. Confieso que admiré la entereza del viejito.

¡Bahh!, indicó luego, no es nada, varias veces le esquivé el bulto a la huesuda. Pero bueno, usted dirá, replicó, antes de volver a estamparme la mirada aguda. ¿Qué más quiere que le cuente?

Le pregunté acerca de sus orígenes, de sus años mozos, de sus andanzas… Le confesé que Roque Carrizo, más conocido como Perón de Pampa Blanca me envió con él.

-¡El viejito es un libro abierto, Guille!, recuerdo que me dijo Perón, entre risas.

Don Panchito rio de la ocurrencia del otro. ¡Mírelo al Perón ése, viejito le voy a dar, jé, jé!, masculló, como pensando seguramente si acaso no se trataba de una humorada del consabido bromista docente, que es conocido precisamente así, por el notable parecido con el estadista argentino. Me miró como preguntándome si yo no estaba algo loco para andar con el zonda suelto. Pero, luego de la chacota, pareció apiadarse de mi curiosidad. Le confesé que andaba en busca de historias de personajes para hacer un libro. Otra vez sonrió con picardía.

 –Locos hay de sobra, jé, jé, dijo entre risas. Al cabo, como si se sobrepusiera a un enorme peso sobre la espalda, levantó los hombros, giró la cabeza y me miró con franqueza. –Está bien, don escritor, me dijo, antes de proseguir con los pormenores.

Mi papá se llamaba Alejandro Quiroga y mi mamita, María Carrizo, los dos nacieron en Fiambalá. Yo también nací aquí y aquí “me he criao”, don, aunque no siempre estuve.  Le cuento que de joven, (¡hace tanto ya!, resopló, acomodándose otra vez la gorrita, entre risas), trabajé en un ingenio que se llamaba “El Tabacal”, en la provincia de Salta. Me fui en el tren que por aquellos años (-Cincuenta, cincuenta y cinco, apuntó) salía desde Tinogasta y se enramaba con otras líneas que cubrían el país hacia el norte. Pero era muy “fiero” el trabajo, don, mucho calor, mucha miseria, se vivía muy mal. Generalmente, dormíamos en el suelo y se comía peor. Si uno enfermaba, ¡ni le cuento!, ni un perro al lazo para acercarle un vaso de agua.  Por eso, varios de los muchachos que estábamos en el ingenio preferimos ir al monte que seguir padeciendo en el ingenio, del que se contaban historias realmente terribles. ¡Cualquier cosa era mejor que el trabajo de peón en el ingenio El Tabacal!  Y, ¡cómo había de bichos, don! Recuerdo que también había aborígenes Tobas y Matacos que no se quejaban como nosotros, ellos aguantaban más, llorando de penas por las tardes, se ve que extrañaban mucho los “motucos”.  Lo cierto era que no pasaba día en que no viéramos víboras, arañas, alacranes, de todo. Siempre había un picado, a veces moría un peón sin que nadie supiese a qué familiar avisar. Cuando entonces, terminaban enterrando el cuerpo por ahí; de recuerdo quedaba una crucecita de madera, hecha a machete. Así, aprendí a sacar tanino del quebracho para una empresa que nos pagaba por tanto. Lo usaban en las curtiembres o algo así, tenía mucha demanda aunque no nos pagaban muy bien. Por eso, ni bien pude, junté mis pocas pilchas y me largué de vuelta. La verdad que mucho no progresaba, estaba peor que cuando había llegado, más rotoso, flaco como perro indio, con hambre, y encima, con poco y nada de plata. Al poco tiempo, no me acuerdo bien como hice pero viajé a Buenos Aires.  Después de casi un año, volví. La verdad que extrañaba mi pueblo; si bien la vida aquí era dura, (“si no se trabajaba en la viña o en el campo de los morteros no se comía”, aclara), preferí estar con los míos, aunque trabajara como burro. No sé, es diferente cuando uno vive en el lugar que quiere, se las aguanta mejor, vio. Ya vivíamos en este barrio, desde que tengo memoria lo hacemos, uno de los más antiguos de Fiambalá, los jóvenes casi no saben eso. Ahora todo es diferente. De chico, no recuerdo casi haber comido una golosina, no sé, un caramelo aunque sea, ¿chocolate?, ¡ni hablar! no había nada de eso por entonces. Sin embargo, en la casa no faltaban las bolsas de harina,  de azúcar,  de fideos, de galletas, (“De esas duras que aguantaban semanas”, apunta), todo era por bolsas. Los dulces eran el patay, la mazamorra, bueno, lo que hacían las madres de esos años. Bueno, los tiempos cambiaron. ¡No, qué almacén iba a haber entonces!, nos arreglábamos como podíamos y con lo que podíamos. ¡Qué se le va “hacé”, la mejor golosina que recuerdo era un manojo de pasas de uvas que nos daba la vieja!, termina diciendo don Panchito, en la sucinta descripción de su época de niñez.

Le pregunto acerca de algunos personajes. Me dice que conoció a varios, entre ellos al Chacho Escalante, renombrado forajido que asolara la zona y especialmente, la cordillera contigua a la frontera. Agrega que también le decían “Chacha”.  El anciano aclaró que si bien era muy chico cuando lo conoció (-Yo creo que tenía seis o siete años, deslizó), caminando por el barrio. Era un petiso con cara de malo, yo lo recuerdo de a pie, de sombrero y sin barba, parecía un tipo común, no sé, por lo menos eso es lo que me acuerdo de él. Aunque yo era un mocoso no olvido que todos se le hacían a un lado, era famoso  como un tal Quiroga de la Pampa Blanca. La gente decía del Chacho que era un asesino, que esperaba en los caminos para robarles a los arrieros y estafetas. Entonces no había correo, aclara. Los mayores decían que en Chile se la tenían jurada, que allí había matado a muchísima gente.  La verdad, que fuera de esa vez, nunca más volví a verlo. Sé que años después lo mataron en Chile, los detalles no sé, termina diciéndome el abuelo, dando por concluido lo que sabe sobre el Chacho. Pero, de pronto, me toma de un brazo y me confiesa:

Con quien compartí mucho fue con otro famoso hombrecito, bueno,  era famoso, aunque no por matrero ni asesino.  Al “Gaucho Polo” le gustaba el trago, señor, todo el mundo lo sabía, pocos eran los días en que no le diera al vino.  Al principio, “El Gaucho” tuvo una mujer y hasta un hijo. Del último dicen que vive en Buenos Aires. Lo cierto fue que por el “trago” se quedó solo. La verdad que entonces no se hizo mayores problemas, al principio se puso un poco triste, solía verlo sentadito a orillas del fuego, a un costado de la casita. Pero, a los pocos días, tinto mediante, se le secaron las lágrimas y nunca más volvió a hablar de ellos. Lo sé, porque éramos vecinos y amigos, vivía en esa esquina don. ¿Ve la casita?, me pregunta, frente a la defensa que separa el circuito de carrera. No deja de señalarme los restos de lo que alguna vez fuera un ranchito. Lo descubro rodeado de retamas, a unos cincuenta metros de la casa. Hacia el oeste, una silueta fantasmagórica, es el último vestigio de vivienda del barrio. Apenas si  visualizo lo que queda en pie: un par de paredes de adobe sin atisbo de revoque. En tanto don Panchito va contando, intento sumergirme entre los arcaicos y enormes adobes alisados por mil vientos y mil lluvias en quizás más de un siglo de existencia. Porque don Quiroga lo recuerda desde su niñez, dice que la casita ya estaba en pie, que vaya a saberse cuándo se la hizo. Al oírlo, quiero recrear la vida bullendo, con el Gaucho Polo alrededor de un fogoncito, sentado quizás en un banquito por ahí, quizás mirando la caída de un sol cuando su vida aún florecía frente a sus ojos y todo, pero todo, parecía ser posible. Pese a los detalles que el abuelo se empeña en deshilvanar, como si se desprendiera de un peso fustigante del alma, no son suficientes para que yo pueda devolverle la vida con meras palabras a una escena esfumada en un tiempo sin retorno, como si nunca hubiese existido, aunque los vestigios vibren de tan solo mirarlos.

Después de todo me pregunto:¿quién soy yo para tener semejante pretensión, un simple recopilador de historias perdidas, un buscador de tesoros sin otro valor que un pasado semi enterrado que parece querer descansar de una vez por todas? No entiendo por qué no puedo dejar de ver almas deambulando por aquí y por allá, veo a hombres y mujeres, desandando mil sendas desde las más altas montañas hacia este pueblo coronado de nieves eternas. Don Panchito humedece los ojos sin darse cuenta cada vez que me dice algo de ese ayer empeñado en guarecérsele en los bolsillos del espíritu. Me pregunto, al ver esa expresión de joven anciano si no será acaso por eso que no puede dejar de recordar a quien considerara un amigo:

(Foto :antigua casita del Gaucho Polo)

Como le dije, con el “Gaucho Polo” fuimos muy amigos, nunca le faltaba un burro para internarse en la montaña durante semanas, también era un tipo bruto para el trabajo. Trabajó en las minas camino a Las Termas de Fiambalá durante muchos años, de eso me acuerdo bien. (Foto :antigua casita del Gaucho Polo).

Una de las minas estaba en La Quebrada de los árboles, otra más al sur. Por esos años se extraía wolfran. Como el gaucho era “guapo” (-no olvido que siempre decía: “El gaucho es gaucho,  porque es gaucho…”, con voz tan potente que retumbaba en los oídos, aclara); no faltaba quien lo buscara de las mina Los Ratones, solía pasarse hasta un mes sin bajar, decían que no había como él para el pico y la barreta. Pero cuando  venía, ¡haay tatita!, no volvía hasta que no se gastaba hasta el último centavo en vino, era famoso por eso también.  ¿Para qué lo voy a negar?, yo  solía juntarme con él a tomar, de tanto en tanto, ¡claro!, y casi siempre, después de varias horas de tragos, terminábamos peleando. ¡Si nos habremos dado de azotes entre nosotros! Sin embargo, pese a los magullones, al otro día, volvíamos a estar juntos. Nos dábamos las manos y “sanseacabó”, apunta el abuelo, sin muestras de rencor hacia el viejo compañero. -Y era raro, ¡pero así éramos nosotros! Siempre nos medíamos, los dos éramos de pocas pulgas y de tanto en tanto, (risas), nos las sacábamos a los rebencazos. No tenía buen carácter y era provocador. Una vez lo apuñalaron al pobre (“recordé que el maestro Roque “Perón” Carrizo me contó lo mismo”). Un tal Lídoro Carrizo, un vecino de por aquí que también le daba al vino, lo sorprendió. No sé cómo fue pero todo pasó una noche, yo no estuve esa vez, ¡se armó un lío, con policías y todo! Lo cierto fue que Lídoro le cortó la panza en dos al Gaucho y lo dejó con las tripas en la mano. Alguien vino después y como pudo, con otros vecinos lo llevaron al hospital, dicen que con las manos se guardó las tripas hasta que lo cosieron. ¡Si habrá sido de duro el gaucho! No sé cuánto tiempo estuvo internado en Tinogasta. Ese tal Lídoro siempre fue muy traicionero, nos conocíamos de siempre, siempre fue medio malevo, traicionero, como le dije, si podía (“cuando estaba borracho”), te podía apuñalar. Era una época en que éramos jóvenes, solteros todos, hacíamos macanas, qué sé yo, no le teníamos miedo al peligro, tampoco. Yo tuve suerte porque muy santo tampoco he sido. Hace como un mes lo encontré al Lídoro en Tinogasta. ¡Pobre! No me conoció, parece que anda medio loco. Lo saludé pero ni me miró. Mucho vino vio, se trastornó, parece que se le secó el cerebro porque no conoce a nadie, ni a mí. Como le estaba diciendo, después de aquel suceso que casi lo llevó a la tumba, el Gaucho se fue a vivir a Medanitos. Pero como era peleador y no dejaba de tomar, (“ahí también siempre hubo gente brava, ricos para las piñas”), volvió a tener problemas. Y otra vez (“entre tantas, como se contaba, él,  ya casi no venía a Fiambalá”), le dieron tal paliza que lo hicieron reventar en sangre. Pobre Gaucho, murió sin pena ni gloria, creo que fue a principios de los ochenta, ¡solo!, como un perro, don. No murió de la paliza, aunque seguramente que la puñalada, las trompadas y qué sé yo que otras desgracias que le tocó vivir al amigo, le abrieron la puerta al cementerio al que andaba merodeando de hacía rato. Cuando se fue andaba pintando entre los sesenta y cinco y los setenta. Aún lo recuerdo y la verdad que lo extraño. No era malo, medio desgraciado por ahí, había sido criado así, medio a lo bruto, con pocas palabras.  El vino lo trastornaba al igual que al Lídoro que hizo tantas macanas y se salvó varias vece. Ese Lídoro tiene muchas anécdotas también, je, je. Bueno, eso es lo que le puedo contar de mis amigos de entonces, apunta finalmente, don Panchito, antes de volver a acomodarse la gorrita. Ya no se escucha el bochinche de la pista, parece que terminó todo. Alguna que otra familia pasa con sillas sobre los hombres, sin quitarnos los ojos, saludan con cortesía y respeto hacia el dueño de casa. Algunos autos de carrera, medio destartalados por el fragor de la competencia pasan roncando furiosamente por la calle, el Torino anaranjado de Caíso Carrizo, el brioso Falcon de Fabián Carrizo, el Fitito de Luchi, hasta el legendario Corcel, la filosa Coupé Chevy de Arturo Morales que ganara tantos premios a lo largo y a lo ancho de la provincia, pasan clamorosos, levantando montañas de tierra, se los ve a Beto Chayle y su equipo, a Chiche Quiroga, los mecánicos por antonomasia y amantes de los fierros desde que se tenga memoria, todos sonríen, con la alegría pura de la competencia sana, en la que empeñan hasta el alma, bolsillos y tiempo, de puro fierreros fiambalenses que son, mientras el sol va declinando poco a poco hacia el poniente y el aroma a aceite quemado y nafta cubre el ambiente.

Cuando retorna el silencio, don Panchito, indica que tiene diez hijos, varios nietos y también un hijo criado. Se lamenta que ya no se haga el servicio militar. Aclara con orgullo que fue soldado conscripto en el Regimiento de Infantería de la provincia de Córdoba, que justo estaba allí cuando derrocaron al General Juan Domingo Perón en Buenos Aires.

Fue en el 55, me salvé por poco de las balas de los revolucionarios que se amotinaron. Recuerdo que los militares estaban divididos, los tenientes y capitanes se armaban de fusiles y granadas, andaban con las caras pintadas, estaban como locos y gritaban a todo el mundo, algunos estaban con los azules, otros con los colorados o algo así. Porque en Córdoba también se sintió eso de la revolución que volteó al general Perón. Me doy cuenta de que al decirme lo último, le tiemblan las manos, como como si aún le durara la bronca. Luego sigue comentando que allí aprendió a respetar, a hacer muchas cosas, como hacerse la cama y a comer lo que hay y a valorar la patria también. Dice que pese a los años, está un poco triste porque muchos jóvenes de hoy no saben de esas cosas, insiste con que no valoran el esfuerzo, que están en la pavada, que hay chorros que matan por matar, ¡no quieren “laburar”, carajo!, sentencia, el ex soldado, antes de acomodarse por enésima vez la gorrita. Luego sigue: “Piensan en la moda y en la joda, les importa un “pito”  la familia, ser responsable, digo, don. Algunos sí son laburadores y piensan bien, pero otros prefieren lo fácil, creen que toda la vida van a ser jóvenes. Si uno los reta hoy en día, ahí nomás amagan con colgarse de una soga. ¡Estamos todos locos! Parece que les faltaran ganas para vivir, me aclara, lamentándose. Antes, cuando éramos chicos, los padres, nos controlaban con la mirada. Ni se nos ocurría intervenir en conversaciones de los mayores. Hoy van más años a la escuela pero saben menos, no entiendo por qué, rezonga don Panchito, mucho “interné”, mucho “interné”, pero no pasa nada, don, rezonga el abuelo, mientras una de las nietas pide permiso para buscar un cuaderno por ahí. Junta las cejas y aclara: Hice hasta 4to. grado en la escuela 114 (hoy 314 La Ramadita) y lo que aprendí me sirvió para toda la vida. Y bueno, don, me dice finalmente, parece que los tiempos han cambiado, no sé,  todo es diferente, quizás sea la televisión, o por eso que le dicen… ¿Cómo es?, le pregunta a la nieta que lo mira sin entender. ¡Ahh, ya sé, la internet, vio…! Observo el semblante contrariado de don Panchito que no logra encontrar respuesta alguna, por más que se pregunte una y otra vez. ¿Qué le puedo decir?

Al cabo, le doy la mano, agradeciéndole la deferencia de haberme tenido paciencia. Se ríe, tiene la extraña y casi perdida virtud de inquietar al mantener tan firme la mirada. Me confiesa, con labios temblorosos, que sin querer se emocionó. Intenta componerse al dirigirse hacia la puerta de salida. Sé qué en el fondo, don Panchito, revivió los años idos: quizás a sus padres, quizás la primitiva casa, el barrio de siempre, los amigos, las esperanzas, las frustraciones, la mujer de su vida, las alegrías, los hijos, los nietos, pero también al “Gaucho Polo”, eterno amigo y compañero de la infancia.

Sin que me lo diga lo sé: Francisco Solano Quiroga, “Panchito”, como todos lo recordarán con enorme respeto, no deja de memorarlo: “El gaucho Polo” desanda otra vez las calles polvorientas y penumbrosas del barrio Juan Manuel Salas, le canta una vidala, se le acerca, le estrecha la mano, como él solía hacerlo, con fuerza, hasta hacer crujir los dedos. De pronto, el anciano, parece no sentir el peso de los años; su rostro es iluminado por un extraño rayo que rompe la barrera de un cronos perdido, vuelve a ser niño, vuelve a ser joven, vuelve a tener al compañero a su lado, compartiendo un vino tinto y no sé qué anécdotas. “Al fin…”, pienso, antes de dejarlo atrás y perderme en la oscuridad, después del último farol del caserío. “No dejo de decirme que ahora entiendo las lágrimas que fluyen por sus mejillas ajadas. Es extraño, no deja de llorar y sonreír al mismo tiempo.

Pese a no verlo desde hace tiempo sé que don Panchito mantiene la mirada hundida en la casita de la esquina. No sé por qué, yo también creo oír una vidala perdida en la noche, envolviéndose en el mayor de los silencios, aunque hoy tenga un hijo, un orgullo para todos los catamarqueños, que ande corriendo maratones por el mundo entero.

“Perón” Carrizo tenía razón: es un libro abierto el viejito. Con el mayor de los respetos, de un admirador.

 

Autor: Prof. Guillermo Antonio Fernández – (Fiambalá)