Por Prof. Guillermo Antonio Fernández

*”Este relato-testimonio va con admiración y sentido respeto a la memoria de don Lino, quien junto a su esposa, doña Albina, supo recibirnos una soleada mañana años atrás, a mi hija Guillermina y a mí, cuando aún trabajaba orgullosamente su viña y de tanto en tanto, señalaba acordes con su verdulera”.

 

GENTE DE MI PUEBLO – HOY: LINO OLMOS Y SU ENCUENTRO CON EL DUENDE

Escrito Por el profesor Guillermo Antonio Fernández – (Historias de Fiambalá, Catamarca).

Es miércoles de octubre, la mañana me recibe espléndida cuando golpeo la puerta de la casa de Don Lino, en barrio El Retiro.

La esposa, Doña Albina Eulalia Carrizo, me recibe restregándose las manos. Me dice que el marido ya viene, que fue a cortar “alfa” (alfalfa).

-¡Está por ahí, ya va a venir, espérelo, don!, desliza finalmente, la dueña de casa, que otea el norte. Me comenta que después del mediodía va a soplar zonda. La verdad que la miro un poco contrariado. Para mí, es un excelente día y se lo digo.

-Ya va a ver usted,  ya va a v…, me dice, como al pasar, mientras se estira el delantal.

El barrio, serpenteado de médanos a ambos lados de la ruta, es, junto con San Pedro y La Ramadita, uno de los más antiguos de Fiambalá. La vieja casona emerge como parte de un paisaje paradisíaco de entre el verde nuevo de las viñas que ya hacen gala de retoños.  Pese al pronóstico de la dueña de casa, levanto la vista hacia el este y no puedo dejar de maravillarme: la quebrada a las termas se descuelga con parsimonia frente a mis ojos, está cubierta de un sol tenue y cristalino y la brisa fresca me envuelve de pies a cabeza. Del callejón contiguo del que se oyen trinos de pájaros aparece el dueño de casa: carga sobre sus espaldas una brazada de alfalfa recién cortada, que le dificulta ver más allá de los pies. No me ve cuando pasa a mi lado. Doña Albina lo sigue en silencio. Se pierden hacia el fondo. Un par de minutos después, oigo pasos desde el interior. La puerta se abre y rechinan las bisagras. El hombre me estira la mano. Lo miro: tiene el cabello plateado, los ojos verdosos y el rostro curtido.

-Me llamo Lino Olmos, porque cuando yo nací, (-“Un 10 de mayo de l933”, aclara), parece que no había muchos nombres para poner, me dice, sin dejar de sonreír juiciosamente. Porque don Lino, parece hacerlo todo con mesura: mide los movimientos, mide las palabras, los gestos…  Al cabo, me cuenta orgullosamente que se casó en el 55 con doña Albina con quien tiene once hijos. Ella asiente con la cabeza, sentadita a su lado. Comenta que nació en Fiambalá al igual que sus padres, don Amancio Olmos y Teresa  Romero. Doña Albina apunta que sus padres se llamaban Teodomiro Carrizo y Camila Carrizo, y al igual que los de su esposo, nacieron, vivieron y murieron en Fiambalá.

Don Lino retoma el relato para contarme que antes se trabajaba de verdad.

-El que no trabajaba no comía, don, sentencia. –Eran otros tiempos. No sé, agrega, capaz que todo era más simple y uno se conformaba con poco.

Después me dice que hasta llegó a ser músico; que aún, de tanto en tanto, toca el acordeón y la guitarra. Que aprendió de oído y supo andar durante días, tocando en las fiestas patronales de San Pedro o en la de la Virgencita del Valle del Retiro, dice que desde hace un tiempo casi se perdieron las fiestas patronales en las que ellos siempre colaboraban como músicos. Precisa que es el único lujo que aún se puede dar sin plata: tocar el acordeón, ante todo, aunque la guitarra también le guste.

Lo observo y me doy cuenta del brillo jubiloso que le arrancan esos recuerdos. Hasta el verde sinuoso de sus ojos parecen recrear alegrías de antaño, al compás de los acordes de su verdulera, con El Santo Caminante que nunca deja de vigilar al barrio.

-Se la compré (-¡hace tanto ya!, resopla!), a Manuel Carrizo. Creo que fue una de las mejores compras que he hecho en mi vida, dice, sonriendo. Noto que la esposa también sonríe, recordando seguramente de las veces en que se deleitara viendo al marido, tocando en las fiestas del pueblo. Don Lino cuenta que tocó durante muchos años. – ¡Y sí!, recuerdo que a veces nos juntábamos con el compadre Bebe Espinoza y también con Pedro Acosta y Carlos Espinoza, unos amigos vecinos. A veces, nos juntábamos en la casa de alguno de ellos, otras en la mía. Lo que nunca faltó, recuerdo, fue el asadito y los vinitos, de eso me acuerdo bien, precisa don Lino, con expresión de nostalgia. -Siempre, todo fue tranquilo, gracias a Dios. No era como ahora que los jóvenes toman y enseguida se agarran a las trompadas por cualquier cosa. Yo creo que todo eso depende de la crianza, ¡a mí me parece así!, porque por esos años, nuestros padres nos controlaban con la mirada. No eran malos, pero sí bastante serios. No sé, uno realmente los admiraba y de grande, de grande no había deseo más grande que llegar a ser como ellos. Las cosas no se medían por si uno tenía plata, las cosas se medían por si uno era responsable, si se era buena persona, si se era respetuoso y trabajador, cosas buenas, creo yo, aclara el hombre, frunciendo el ceño.  La mujer, que no se le despega de su lado, también asiente y agrega que coincide con lo que su marido cree. 

 -Me acuerdo que me crie sembrando y cosechando trigo. Aquí, en Retiro, muchas familias, nos dedicábamos al trigo. Había dos molinos: uno en La Ramadita y otro en San José de Tinogasta. De los productores de trigo me acuerdo de Manuel Carrizo, Guillermo Perea, Zacarías Carrizo y Guillermo “Pocho” Carrizo, todos vecinos. Solíamos llevar el trigo a los molinos. La verdad que convenía porque además de la harina obteníamos la arenilla que se usaba para hacer el pan de semita y también afrecho, destinado a alimento para los animales. Por esos días había pocas viñas en Fiambalá. Al trigo lo sembramos hasta mediados de los cincuenta más o menos, dice don Lino, mientras se acomoda en la silla y acaricia la cabecita de una nietita del frente que acaba de aparecer a su lado.

   Ya le conté que me casé en l955. Bueno, ese mismo año, se me dio por ir a trabajar a Comodoro Rivadavia. Fue medio complicado todo eso, porque cuando estoy llegando me doy con la noticia de que habían volteado al Presidente Juan Domingo Perón. Llegar a Comodoro y ver el desastre que se estaba produciendo (“no olvido cómo echaban abajo los bustos y todas las estatuas de Perón y Evita para después tirarlas al océano, lo hacían como si se tratara de una fiesta, con cohetes, gritos y tiros al aire”) se me vino el alma al piso.

La gente corría y rompía vidrieras como enloquecida, tuve la impresión de que el país estaba paralizado y se venía abajo. Me dolió porque después de esa época, nuestra república no conoció mayor prosperidad, fueron años en que un pobre podía progresar si trabajaba honradamente, muchos han hecho platita en esos años, ¡a fuerza de brazos, señor! Y regresé como me fui: ¡sin nada! pero con ganas de trabajar. Y la verdad que no me arrepiento, prosigue el antiguo productor, aunque después me pasó algo tan raro que casi me llevó a la tumba, concluye, con inocultable dejo de misterio, aunque fue un par de años después…

Me basta observarle el rostro para darme cuenta de que ya no tiene el brillo juvenil del principio, presenta ahora los hombros encogidos, tiene la cabeza gacha y la mirada fundida en el suelo de cemento…

-Habrá sido por el 59 o el 60, no me acuerdo muy bien, aclara don Lino. Esa tarde había vuelto de jugar al fútbol en Tinogasta con el equipo del barrio y nos juntamos a festejar en Retiro. La cosa fue que esa noche estuvimos varios, entre chacota y chacota, tomando unos vinitos y acordándonos de las jugadas de la tarde anterior. Usted ya sabe cómo es eso del fútbol, siempre se juega mejor con la lengua, resopla, entre risas. Se hizo tarde de golpe y con pocas ganas dejé a la muchachada. Recuerdo que estuvo muy oscuro y todo el día sopló un zonda de aquellos. La verdad que no se escuchaba otra cosa que el rugido del viento. Por entonces, los vehículos nos dejaban en la ruta. A mí me quedaban unos quinientos metros más o menos para llegar a la casa que entonces estaba en otro lugar. Volvía tranquilo, tarareando, no sé si una chacarera o algo así, cuando unos metros antes de llegar a la de los Álvarez, donde vivían Víctor y Genaro que también estuvieron en la reunión y  regresaron antes que yo, sentí que algo me tocó de atrás. Me di vuelta pero no vi nada. La oscuridad era tanta que no me veía ni las puntas de los dedos. En eso, ¿qué otra cosa podía hacer?, sigo caminando, (“recuerdo que llevaba colgados los botines de los hombros”, precisa), pero otra vez,  recibo un nuevo golpe en la espalda. Tan violento fue que me tiró al piso de “jeta”. Estaba en el suelo y algo no me dejaba levantar, me llovían los golpes: en la cara, en el pecho, en la espalda, yo tiraba, desesperado, piñas para aquí y para allá, pero no daba contra nada. Mis trompadas no daban contra ningún cuerpo; sin embargo, sentía los golpes con tanta fuerza que tuve la impresión de que me estaban reventando por dentro. Y digo la verdad, algo me estaba moliendo a golpes. ¡Y claro que me asusté! ¡Imagínese!, ser “aporreado” en medio de la oscuridad sin ver a nadie ni a nada. Como pude, seguí. La verdad que si no hubiese sido por el camino, hubiera ido a parar a cualquier lado, iba como tanteando. De tanto en tanto, volaba con los golpes, podía sentir la arena que me entraba por la nariz y la boca y ese gusto a sangre que me salía de adentro. No sé cómo lo logré. Llegué al fin a mi casa. A los gritos. Desesperado, golpeé hasta que Albina abrió la puerta. No sé cómo explicarle, fue como si algo poderoso y de una fuerza descomunal me hubiese levantado por el aire y me tirara dentro de la casa. Mi mujer, pobre, casi se desmayó, al verme caer de esa manera, revolcándome en el piso, cubierto de sangre y tierra, con los pelos parados, como un loco.

Doña Albina asiente. Dice que su esposo no miente. Que aquella noche fue tan espantosa que aún la recuerda como si fuese hoy: -Tenía la cara magullada y ensangrentada, la ropa hecha pedazos y esa expresión de miedo en los ojos. Dice que a los gritos el otro le decía que mire, que mire quién estaba afuera, que algo lo venía siguiendo y golpeando en la oscuridad. Pese a todo, dice que se hizo de coraje pero no encontró a nadie, hasta el viento pareció detenerse La mujer no deja de insistir con que el hombre no dejaba de gritar y de poner los ojos en blanco como endemoniado. Poco tiempo después, como si algo desde del interior del cuerpo lo empujase, reventó en sangre por los oídos y la boca. –No sé, don, una cosa es contarlo y otra, verlo. Nunca vi algo así. Fue tan raro. Ni bien amaneció fui a buscar a doña Sofía Álvarez que sabía curar los sustos. Ella apenas lo vio dijo que el duende fue el causante. No sé cuánto tiempo llevó pero la verdad que debieron pasar varios meses para que mi marido lo supere. Casi no podía caminar ni dormir ni trabajar. Solía despertarse en medio de la noche entre gritos. Muy feo todo eso, refiere la compañera, mordiéndose los labios. Luego agrega: -Nunca nos explicamos porqué le pasó eso, pero bueno, vio, con eso del duende, nunca se sabe, dicen que aún anda por ahí, comenta, finalmente, doña Albina, acariciando el brazo del esposo que todavía mantiene la cabeza gacha y la mirada hundida contra el suelo.

Me doy cuenta de que lo oído es suficiente y pliego el cuadernillo. Creo que don Lino, pese al tiempo transcurrido (“más de medio siglo del suceso”), aún no logra desprenderse de la umbrosa impresión de su encuentro con el duende y del que según se comenta entre las familias, aún, no deja de deambular por las calles de Retiro y San Pedro, en las noches de zonda.

No les miento, si les digo que no son pocos los que aseveran haberlo visto por ahí, como al acecho, (el flaco Álvarez es uno de esos), con paso cansino, envuelto en el enorme sombrero oscuro que parece ser parte suya.

Saludo. Doy las gracias al matrimonio que me despide con cordialidad.

Ahora entiendo, el filo helado corriendo por mi espalda, en las noches heladas y oscuras de Fiambalá, si me próximo al sitial sagrado desde donde vigila El Santo Patrono Caminador.

 

Autor: Prof. Guillermo Antonio Fernández ©