Por Ramón Antonio Quiroga (Barrio Guanchín-Fiambalá) – Gentileza: Guillermo Antonio Fernández.

La historia que hoy quiero contarles habría sucedido en el paraje que resalta como un punto tenebroso al amparo de la imponente cordillera que arranca con las primeras estribaciones al poniente de Fiambalá. “Rumirallana”, se llama el lugar donde entonces sobresalía, apenas, un rústico refugio de montaña, camino al Pacífico.

El paraje resalta desde lejos por la imponencia de sus cerros y las planicies de místicos colores que sorprende y arranca la admiración de hombres y mujeres del mundo entero que de tanto en tanto suelen allegarse en coloridas expediciones de montaña. Nuestro personaje en cuestión,  José Carrizo, criollo popularmente conocido como “Joshe” por sus pares, eran tan arriero aventurero y audaz como ellos; siendo ducho en los quehaceres cotidianos propios del campo se había establecido para siempre en la región. El mismo, siguiendo la ancestral tradición rural, poseía también un criadero vacuno y ovino desde la década del sesenta en un paraje denominado “Pilli Huasi”, un verdadero vergel en el roquedal helado.

A mediados de diciembre (según dice la gente vieja que aún recuerda el hecho, correrían los últimos años de la década del setenta),  Joshe, con gran entusiasmo, cargaba sus  diestras mulitas con mercadería para su estadía en el puesto, lo hizo como cada año, partiendo desde Fiambalá con la perspectiva de hacer alojo en el puesto de “Rumi Rayana”, que era como su casa también.

Después de una larga jornada de viaje, soportando el riguroso y terrorífico calor como así también a los  voraces mosquitos (“jejenes”), típicos de la zona y la estación, ni bien asomaban las primeras mulas en las alturas, ya lo esperaba Luchito, veterano hombre de montaña que solía predecir  la  llegada  de visitas a los puestos, hecho natural o vaya a saberse porqué virtud, llegó a ser conocido como infalible en ese tipo de predicciones. Muchos llegaron a asegurar que hasta podía hablar con los pájaros y las cabras que le anticipaban las visitas al oído.

Luchito, hombre que se originó en la zona, vivió quizás un poco huraño con las personas, casi no hablaba y si lo hacía era lo justo y necesario. Solo, con una gran misterio de vida, era conocedor de grandes riquezas en los cerros, pero que nunca daría a conocer por ningún motivo a nadie. De muy pocos amigos, subsistía de sus pocas cabritas. Al pueblo no bajaba casi nunca – no conocía el dinero – y la escasa mercadería que sustentaba sus necesidades se las llevaba Joshe en sus interminables travesías.

Una de esas veces, Joshe, después de un penoso viaje desde Fiambalá, descargó sus mulas en el puesto de Rumi. Llegó bien tarde aquel día, cuando ya pintaba la misteriosa oración. Ya presto a pernotar (casi era la medianoche y la luna llena alumbraba a los alrededores como un gigantesco farol), vio con asombro entrar en la humilde morada de Luchito, una exuberante y bien dotada mujer; tenía aquella cabellos rubios, alta, erguida y vestía transparencias blancas que morían en  las  pantorrillas. Al principio, se sorprendió, pero debido al cansancio del trajín de la jornada no le dio mayor importancia y supuso que podría tratarse de una broma de su imaginación. Sin embargo, él, después, sabría muy bien, que la susodicha había pasado la noche en la habitación de Luchito, con éste encerrado.

Cierta madrugada, con la caída aún del sereno que helaba la piel y hacía doler los ojos, ya listo para iniciar la jornada, Joshe,  se apronta a cargar su tropa. Durante el desayuno le hace bromas a Luchito acerca de la mujer de la noche anterior. Lo hace sin querer, con total inocencia. Lucho era como un hermano para él y sabía que solo en sueños una mujer podría estar en su ranchito. Lucho, en cambio no sonrió, solo agachó la cabeza y  permaneció callado, como siempre, sentado  en sus  cueritos de oveja con las manos entrecruzadas, pensativo y con la mirada perdida…

   “Dicen las creencias que la madre del agua es una mujer muy hermosa, huraña, se aparece únicamente en la veda del río donde hay una cascada o donde el agua es más serpenteante y a aquellas personas que viven solas. Se asegura que es muy celosa, tanto de lo material como de lo sentimental, el hombre elegido no puede querer a nadie, no puede criar perros, gatos ni nada que distraiga sus sentimientos de ella, caso contrario será castigado o maldecido de la manera  más cruel, terminando el encanto, porque dicen también que no hay mejor amante en el lecho que ella. En algunos casos, en caso de sentirse traicionada, puede producir hasta  la muerte de las personas elegidas  y les quita  lo que  en su momento le haya dado, en tan inexplicable y místico pacto”

Lo cierto fue que Luchito, poco tiempo después, seguramente,  cansado  de  su largo  trajín en una vida sacrificada, misteriosamente, se despeñó. Se presume que padeció quince días abandonado a  su suerte  con  un par de  costillas fracturadas y la cadera  dislocada, que se mantuvo sólo de  agua  y algunas cositas como pan duro, galletas o algo de su secreta despensa; que para proveerse de agua, debió arrastrarse un centenar de metros para llegar  a orillas del serpenteante río…

Un invernal día, por esas  casualidades  de la  vida, llegó  un arriero y  fue  él quien dio parte al hospital de Fiambalá, donde luego  de organizarse  una  comitiva, lograron rescatarlo, penosamente. El cuadro en que se encontraba era realmente desolador: su cuerpo, deplorable, estragado, con una pierna  gangrenada. En Fiambalá se le  practicaron  los primeros  auxilios, pero el esfuerzo  fue  en vano. Luchito murió en silencio, con una expresión de terror dibujado en los labios amoratados por el frío y resquebrajados brutalmente por la sed de vaya a saberse cuánto tiempo.

Aquí  se pone  en tela  de  juicio  el encanto de la madre  del agua, “Sólo Luchito conoció la miel de sus labios y el calor de su cuerpo”, de acuerdo a  lo trascendido  por  comentarios de  arrieros en las frías noches a orillas del fogón, con el rugido del viento sacudiendo las retamas entre los campos inacabables de roca y arena. Sólo él supo la verdad, sólo él conoce el secreto, como a su arte de predecir las visitas, hablando con los pájaros y las cabras, que descansan junto a él en su tumba, para siempre. Me pregunto, si quizás fue el destino quien le dio la mortal cachetada a Luchito en medio de la nada, o fue, quizás, algo inexplicable como una mujer rubia, bella, alta y de cuerpo monumental…

La madre del agua, ¿mito o realidad?

Glosario:

  • Rumirallana (voz cacana), se traduce como “piedra helada”

“Joshe”: modismo regional referido al nombre “José”.