Por Prof. Guillermo Antonio Fernández.

Esa tarde, una de las nietas, nos hizo pasar hasta el fondo de la casa, en el barrio Pampa Blanca.

En el silencio profundo del atardecer estaba el hombre: bigote hitleriano, mirada inquieta y manos callosas, que no dejaban de  acariciar al alazán que acababa de refrescar. Con las riendas en una mano, me estiró la diestra, luego saludó a Caco (mi hija Guillermina, como siempre, fiel acompañante de su padre y fotógrafa).

A un costado, la viña nos observaba, reventando de verde y brotes, mientras un vaho profundo y natural nos llegó de manos de una brisa sureña, como si algo desde lo profundo de las montañas se aviniera a participar del encuentro. El potro, de pronto, relinchó con tal ímpetu, que tuve la impresión de que anhelaba con vehemencia, salir galopando sin rumbo, como de tanto en tanto, su dueño, le permitía hacer ni bien lo soltaba a campo abierto.

-Es un peruano puro, nos dijo. –Con él me entretengo, es “pá nolvidarme” de otros tiempos, casi no lo monto ya.  Pero a  veces me gusta ponerle las calchas y salir a trotar por el campo.  Tal vez por eso, antes que don Alfonso lo ate por ahí y le dé en la boca un manojo de alfalfa, Caco, le pide entre risas una foto. Y el flash estalla una, dos, tres veces, víspera al oscurecer.

–Bueno, ahora vamos, dice la fotógrafa, que antes pide se le saque también una foto junto al admirable corcel, empeñado en despeinarla con los belfos.

Ni bien tomamos asiento en unos sillones de mimbre, pulcramente conservados, dimos con el enorme cuadro: don Alfonso, montando un brioso alazán que  levantado en las dos patas delanteras lo carga en vilo, mientras con un brazo en alto mira con altivez. En la instantánea viste de gaucho, con el sombrero “retobao”, botas de cuero y la fusta a la vista.

-Ahh, hace rato que me saqué esa foto, en un desfile, creo que un 25 de mayo en que se hizo un desfile patrio aquí.

¡Amalaya, amalaya, Guillermito, qué caballo, qué caballo que fue ese bicho!, rememora. Luego agrega: -Antes iba mucha gente a los desfiles, ¡daba gusto ir entonces!,  nunca faltaban los gauchos de Fiambalá, Saujil, Palo Blanco y Medanitos. Después, me acuerdo que rematábamos en un gran asado con vino criollo y copleábamos, copleábamos hasta que se nos secaba la garganta, dice don Alfonso, entre risas, sin dejar de acomodarse el pañuelito floreado que usa al cuello.

Lo miro y me doy cuenta de que sus ojos se ven más lozanos, más inquietos, no sé, tal vez de sólo reflotar aquellas añejas alegrías de las fiestas patrias y que nos agitaba tanto el pecho a los argentinos.

Don Alfonso, saca un impecable pañuelito blanco y se lo pasa por la cara como al descuido. Me doy cuenta de que no quiere que me percate de la lágrima que se le desplaza, sigilosa y rauda, por la curtida mejilla de arriero. Finalmente, prosigue:

-¡Y sí!, mi amigo, eran tiempos muy lindos, mucha gente, mucho entusiasmo, mucho patriotismo, comenta en tono nostálgico, el viejo criollo, aún, con la mirada pegada al cuadro de sus años nuevos. Nací un 25 de Octubre de l925. Mis padres fueron Honorio Olmedo de Saujil y María Victoria Reales de la Mesada de Zárate. La compañera que aún está a mi lado, es Catalina Quiroga con quien tuvimos ocho hijos. Gracias a Dios, todos buena gente, algunos viven aquí, otros no. Como les estaba contando, antes la vida era diferente, no sé, creo que éramos más tímidos, “más pavos”, replica entre risas. –Más respetuosos, de seguro, aclara enseguida, sacudiendo el bigotito oscuro-. Enseguida agrega:

-Yo y mis hermanos nacimos en la Mesada de Zárate. Le pusieron ese nombre por la abundancia de Zárates que había, pese a que hoy quedan pocos, apunta siempre sonriente, con sus ojos de criollo pícaro.  -Ciertamente que la Mesada era un hermoso lugar.

Allí plantábamos de todo: nogales, naranjas, membrillos, plantas de uvas, alfalfa, hortalizas, como le dije: ¡de todo! Además había muy buenas pasturas y eso nos permitía criar vacas, cabras y ovejas. Pero bueno, a mi papá unos años después se le ocurrió vivir en Saujil, donde tenía su casa. Y estuvimos un tiempo ahí. Al poco tiempo, mi hermano Santiago y yo nos vinimos para Fiambalá, compramos unos terrenos en La Pampa Blanca y nos establecimos.

Este barrio, por entonces, era campo, casi no había casas, un lugar de paso para el norte.  Incluso, si se quería ir para el norte (Saujil,  Medanitos,  Palo Blanco y los pueblos de la herradura), había que marchar por sendas. No había caminos, abundaban los medanales. El medio más adecuado que se usaba eran los caballos y los burros. O las mulas. ¡Bahh! Era una bendición, siempre nos gustó andar a caballo.  Imagínese que para ganarnos la vida (para nosotros era un trabajo), Santiago y yo solíamos llegar hasta San Juan, generalmente hasta la “mesmísima”Jáchal. Tardábamos unos doce días de ida y otros de vuelta, además de la semana que estábamos. Pero, como les dije antes, valía la pena. No olvido que ahí comprábamos con efectivo las mulas que luego de traerlas, las llevábamos para Antofagasta de la Sierra o Chile. En éstos lugares se pagaban muy bien por las bestias. Las usaban para trabajar en las minas (en éstas no había mejor trabajador que la mula, esclarece). Además, en algunos lugares de Chile, gustaban de los “tochis” (burros) a los que se los comían gustosos. Es como en el sur, adonde a la gente todavía le gusta la carne de caballo y  burro. Me viene a la memoria que solíamos pasar también (después de Antofagasta de la Sierra, aclara), por el pueblito de Antofalla, de donde son los Reales de Fiambalá. De ahí íbamos para El Colorado, creo. Y de ahí, a Chile, hasta unos parajes conocidos como Caipe y Tilimonte.

Santiago y yo, solíamos llevar una treintena de mulas y volvíamos con diez o doce completamente cargadas. Porque el comercio se hacía por “trueque”. Dábamos las mulas y a cambio nos pagaban con monturas, cabestros, botas de cuero, productos de cocina como ollas, platos y bolsas de azúcar, yerba, grasa, hasta hojas de coca y un sinfín de cosas que aquí no había aunque se las necesitaba tanto para el trabajo como para la cocina. Siempre vendíamos todo, sino era en Antofagasta, era en Antofalla o en Fiambalá mismo. Como dije: convenía porque la plata valía.

Claro que a eso no lo hacíamos todos los días, normalmente, un viaje por año. No era tan fácil. Cuando lo hacíamos no estábamos en la casa por lo menos durante dos o tres meses. A la mujer y los hijos los veíamos por fotos, dice en tono de broma. Segundos después, continúa: -En Fiambalá ya había comercio pero siempre hacía falta las cosas que conseguíamos por trueque, incluso nosotros mismos solíamos llevar lo que conseguíamos en Chile a Jáchal. Aunque en Fiambalá ya se plantaba trigo (habían dos molinos me acuerdo: uno en San José de Tinogasta, otro en La Ramadita, aquí cerquita nomás, aclara don Alfonso), nosotros nos dedicábamos al arreo. Gracias a eso hemos llegado a conocer mucho toda la zona de montaña. Del molino de Fiambalá le digo que era, si mal no recuerdo…  A ver, ayudáme, Catalina.

¡El molino era de los Bordón, Alfonso, interviene la mujer que habla con tono pausado. Tiene ese aspecto manso y bonachón, de la persona que ha vivido lo suficiente y no pierde el control: – Era de doña Justina y don Carlos Bordón. Eran varios los dueños, todos muy trabajadores, concluye.

-Y bueno, se suma don Alfonso, lo cierto es que desde que tenemos memoria ya existía ese molino, calculo que desde principios de mil novecientos. De chico ya oíamos de él en la Mesada de Zárate.  Es una lástima que no haya quedado ni una huella de algo que fue tan importante para toda esta zona. Pero bueno, así es la vida, ¿no?, dice al cabo, sin quitar la vista de otro cuadro (éste es más pequeño y está sobre el vacío de la puerta opuesta a la del otro cuadro); en el se destaca otro criollo vestido de gaucho.

-Ése es Santiago, muy gaucho, muy baqueano, muy famoso el hombre, mi hermanito que ya no está, dice don Alfonso, con notable cariño y tristeza, bajando la cabeza. Segundos después, se levanta, arqueando un poco el cuerpo por sus noventa largos años, sazonado de fríos y montañas. Don Alfonso, toma el cuadrito y me lo extiende. Mi hija le pide permiso para tomarle una fotografía y fiel a su costumbre, lo hace varias veces.  -Con Santiago (él fue el que me enseñó el arte de andar en la cordillera durante días. Desde los siete años lo acompañé, refiere), solíamos llevar también hasta seis barriles de vino criollo (patero) que se hacía en Fiambalá. Usted no se da una idea de cómo les gustaba ese vino a la gente de Antofagasta y Chile, refiere. -Por esa zona no se hace, sabe, había que comprarlo en Fiambalá o Tinogasta. La cuestión que entre pitos y flautas solíamos llevar una carga de más de 150 litros de vino criollo que nos permitía volver con una centena de cabras y ovejas.

 ¡Si les habremos alegrado la vida a la gente de aquellos lugares! ¡Y la nuestra también, claro!, apunta don Alfonso, sin dejar de sonreír. ¡Qué manera de escuchar vidalas y chacareras por esos años!

Lo miro, el hombre de por sí es muy ocurrente, siempre tiene algo para hacer reír: un gesto, una frase, su manera de hablar o decir las cosas., Nunca pierde la simpatía cuando relata. Sin embargo, de pronto, se pone serio. Me dice que no todo siempre fue tan lindo, que Santiago y él vieron cosas feas también. Y entre ellas, no olvida al Chacha Escalante…

-¡Cuente, cuente don Alfonso!, le digo, mientras noto como sus hijas y nietos se le van acercando para oír el relato del viejo patriarca.

“Si la memoria no me falla fue allá por l940, más o menos. Una tarde llegó dónde estábamos nosotros, traía de tiro unas diez mulas. Nunca olvido que a una de las mujeres (¡pobrecita!, resopla), la tenía para que le preparase la cama y le hiciese la comida. A la otra, para que le atendiese las mulas, seguro que a las dos la tenía para otras cosas también, usted ya sabe.  Porque, si alguna de ellas no le hacía caso, directamente, las “achuraba”. Entonces, iba pasando para Chile, según él mismo llegó a contar a la criollada. Yo era un muchachón de quince años pero ya me juntaba con los grandes, entre ellos, con los amigos de mi hermano que ya pasaba de los veintidós ¡Todos lo vimos entonces! Al parecer, según habríamos de enterarnos, llegó hasta Guanchín. Allí parece que tenía un conocido (creo que Juan Bayón, sin estar muy seguro). En una de esas, una de las mulas se “desmaneó” (desató),  ante lo que la responsable debió regresar a Fiambalá para buscarla. Dicen que muy tarde ya en la noche, la pobre mujer, volvió, pero sin la mula. Delante del dueño de casa y de la otra mujer, el Chacho, sin dudar, le tiró en la cabeza con la carabina recortada que siempre usaba. Y la enterró por ahí, entre unas “cortaderas”, como si se tratase de un perro. Eso fue lo que hizo El Chacha aquella vez. Lo recuerdo petisón, un poco sucio, desaliñado y barbudo. No hablaba mucho pero cuando lo hacía, hablaba fuerte, le gustaba hacerse notar”, memora don Alfonso. Se toma unos segundos, se pasa una mano por los bigotes y como tomando aire, continúa:

-El Chacha hablaba en tono de broma pero también lo hacía como mandando, era altanero. Lo recuerdo con una carabina corta a la espalda y un revólver grande y un cuchillo tipo facón sostenido por un grueso cinturón “chapeado”, creo que en plata. Por entonces, se los solía conseguir de Bolivia y eran bastante caros. Seguro que había pertenecido a algún pobre infeliz que todavía ha de andar mirando el cielo por ahí, con un tiro en medio del cráneo. ¡Porque El Chacha, según decían, era así! ¡Se hacía dueño de lo que le gustaba! Lo ”mesmo” hacía con las mujeres, si llegaba a algún lugar y cierta “prenda” le entraba en gracia. Se la llevaba nomás. Y si tenía que “difuntear” al marido o a los hijos, hacía hablar la carabina. Gracias a Dios que nunca lo encontramos cuando Santiago y yo emprendíamos los viajes hasta Antofagasta de la Sierra y Chile, por donde él también rondaba, haciendo gala de sus fechorías. Aunque siempre solíamos tomar precauciones, averiguando antes, qué sé, cosas de criollos “advertidos”, enfatiza, sin darse cuenta de que involuntariamente, acaba de llevar una mano a la cintura, como si en ella aun descansase algún arma. ¡Amalaya!, ¡qué tiempos mi amigo!, no deja de referirme don Santiago, tomándose un respiro.

      Ni bien termino de apuntar en la libretita lo relatado hasta ahí por don Alfonso, me digo que por aquellos años de corajudos, no habrá sido nada fácil ganarse el sustento, mucho menos, como ellos lo hacían, haciéndose al campo, a la montaña, desafiando fríos y ventiscas, peligros a toda hora, muy lejos de sus seres queridos y del fuego del hogar. Será por eso que me nace de pronto, una admiración enorme hacia ese anciano que sin embargo, pese a los años que se le dibujan en la piel, no pierde los bríos de joven.

La muerte del Chacha Escalante:

-Cómo estaba diciendo, interviene el dueño de casa, ahora con una mate en la mano, el forajido era temido y temible, no medía tiros si tenía que matar a alguien para huir. Decían que de tanto en tanto, solía regresar a Corral Quemado (hoy jurisdicción del Departamento Belén). Según los viejos en ese lugar solía tener un ranchito con alguna mujercita.  Lo cierto fue que se contó demasiado y durante mucho tiempo en cada asado que se hizo durante los 41 y 42.  El Chacha o Chacho como también le decían,  había matado cierta vez a un hombre, creo, si mal no recuerdo, en un paraje, (Laguna Blanca o algo así), porque el otro le había reclamado cierta deuda por no  sé qué. El bandido, sin mediar palabras, le dijo que ya le iba a pagar, que ya volvía, y en un descuido, lo hizo saltar de un tiro en el pecho al pobre infeliz. Esa vez, dijeron que usó la famosa carabina. Se escapó, como alma que lleva el diablo, pero no del susto. Aunque la policía y la gendarmería lo tenían sentenciado, ningún uniformado, nunca pudo dar con su paradero.

Pero aquella muerte no quedaría en el campo como dejó al muerto. Resulta que el difunto tenía dos hermanos que se dedicaron durante meses, (algunos dicen que por años, errando de aquí para allá), a no perderle pisada. El asesino otro era hábil y siempre los evitaba. Según se dijo, El Chacha, cierta tarde, bajó a un gran “cortaderal” con mulas de tiro, como era su costumbre.  Iba acompañado de un muchacho que, según se dijo también, vivía en Corral Quemado, seguro que obligado a seguirlo. Escondieron el contrabando y no tuvieron mejor idea que echarse a dormir. Se ve que andaban muy cansados y no advirtieron la presencia de los hermanos que sin dudar, prendieron fuego al cortaderal. Como era tan grande y seco se incendió en minutos, de tal manera que, cuando el bandido y su acompañante se percataron, se vieron totalmente rodeados por el fuego. De nada sirvieron los gritos desesperados del muchacho que pedía auxilio sin dejar de decir que él no tenía nada que ver.  Ni siquiera los desesperados pedidos de auxilio del Chacha que se estaba quemando vivo.

Ambos murieron de la peor manera sin que quede nada de ellos ni para velar. Las mulas escaparon.

Y ese fue el fin del matrero más temido por la década del 40 y que atemorizara a tantas  poblaciones. Murió por su propia cosecha. Como dice el dicho: “el que mal anda, mal acaba”, desliza don Alfonso, con los ojos entrecerrados y los puños oprimidos. Mire usted si nos hemos arriesgado trabajando por entonces en medio de la montaña, resopla, finalmente, en inveterado criollo, acurrucando entre sus manos la de su compañera. Doña Catalina que, tras los anteojos, no deja de mirarlo con insondable amor.

Pienso que hoy en día es difícil ver una matrimonio como el de don Alfonso y doña Catalina, tomados de la mano, sin nada que esperar del mañana, porque ya lo han vivido todo. Ambos se solacean en un pasado mejor pero también en los berrinches de los nietos que no dejan de darles vueltas alrededor. Prefieren dejarles a ellos  el futuro, con la palabra robusta del que enseña a vivir con nobleza y austeridad.

Sin embargo, antes de subir al auto, mi hija y yo pudimos oír del viejo gaucho: ¡Amalaya!, mi amigo. ¡Qué tiempos aquellos en que andaba con mi hermanito Santiago y ni el viento blanco ni La Dama del Agua nos asustaba! ¡Qué tiempos, qué tiempos mi amigo!

Por última vez, ese día, Guillermina, vuelve a hacer estallar el flash, enfocando con el postremo resuello de la tarde al curtido matrimonio que derrama la mirada en un cielo rubí, manso, como ellos, recortado sobre las legendarias prominencias de la inmortalidad, como si desde lo alto de algún cerro, don Santiago, “El baqueano”, a quien tuviera la suerte de conocer en vida, le hiciera una gesto al hermano querido, tal vez diciéndole que él también ha oído la hermosa historia de otrora, cuando juntos cabalgaban semanas enteras y las balas del Chacha Escalante silbaban por cualquier motivo, dejando un difunto nuevo para los caranchos del San Buenaventura.

          “Un gran honor para mí como escritor poder ser útil a este Fiambalá al que quiero mío, con historias tan nobles y de seres humanos tan abnegados, austeros y valientes” (Guillermo Antonio Fernández) Dic 2018.-

           -¡Hasta la próxima historia, querida Gente de mi Pueblo!

Don Alfonso y su hijo Honorio “Nono” Olmedo, en un desfile de un 25 de mayo en el barrio Pampa Blanca, con la Agrupación “Gauchos de Fiambalá”.

Autor: Prof. Guillermo Antonio Fernández ©