Por Martín Rodríguez Yebra(Diario La Nación)

Cristina Kirchner se concentra en instalar la justificación del fracaso, Fernández renuncia al liderazgo y el oficialismo marcha sin orden en un rumbo autodestructivo.

“Tiró la toalla”. Un cacique peronista que trata desde hace años a Cristina Kirchner reaccionó con estupor al cortometraje que la vicepresidenta publicó el lunes para denunciar una conspiración judicial en su contra. En el universo político que ­­orbita alrededor de ella primó una sensación inquietante de que aquella jugada de tremendo impacto institucional esconde un mensaje de resignación sin retorno sobre el destino del Gobierno.

La mujer que se presenta cómo víctima de intereses económicos y políticos que maniobran para condenarla por corrupción avisa a los argentinos que “será muy difícil mejorar las condiciones de vida de todos y todas con esta Corte” y que “nada puede funcionar en un país si carece de un Poder Judicial que tenga legitimidad”.

Nunca antes el discurso de la vicepresidenta enlazó de manera tan explícita su situación procesal con la suerte del país, en una confesión involuntaria de lo que significó para ella desde un principio esa invención llamada Frente de Todos.

La incapacidad de Alberto Fernández para conseguirle el certificado de inocencia en los tribunales es indivisible del descalabro económico, que Cristina atribuye en su relato exculpatorio a la falta de coraje del Presidente para enfrentar a los “poderes fácticos” que resisten la instauración de “gobiernos populares”.

Es la acción desesperada de alguien que intenta rescatar del incendio un objeto de inconmensurable valor. En su caso, el capital simbólico de la líder intransigente, iluminada e incomprendida que, aún en sus horas más bajas, despierta veneración en un círculo de fieles­ proclive a valorar los sacrificios que ella pide en el camino a la salvación.

El Presidente y su vice se revolean una bomba a punto de estallar como si ya no valiera la pena intentar desactivarla

Mientras salva lo suyo, se desentiende de las llamas. El gobierno de Fernández languidece entre la crisis financiera, la sequía de dólares y la angustia de un nuevo equipo económico sin poder para hacer frente a una ola de desconfianza de apariencia tan irremediable como la ley de la gravedad.

El Presidente se permite comentar entre los suyos que decidió no ejercer el liderazgo porque eso implicaría romper con Cristina. Como quien descubre, al fin, la confortable tranquilidad de no ser responsable.

Se configura así la dinámica del kirchnerismo en fase suicida: el Presidente y su vice se revolean una bomba a punto de estallar como si ya no valiera la pena intentar desactivarla y solo quedara ponerse a resguardo de los daños.

«Cristina sacudió a Fernández y a su equipo cada vez que quisieron moverse de la línea imaginaria del kirchnerismo histórico»

Los dos sufren las consecuencias del contrato opaco que firmaron en 2019 para juntar al peronismo en una ventanilla única que garantizara el regreso al poder. Cristina -traducen a su lado- eligió a Alberto no tanto porque creyera que sin él no ganaba las elecciones sino porque estaba convencida de que a ella no la iban a dejar gobernar. Él tenía el perfil para desempeñarse con alguna soltura en el escenario económico que heredaba del macrismo, en el que intervenían actores repudiados por ella como el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Pero eso que podía parecer astuto resultó el germen de una implosión. Cristina sacudió a Fernández y a su equipo cada vez que quisieron moverse de la línea imaginaria del kirchnerismo histórico. Así fue minando su ánimo, potenció la ineficiencia de la gestión y convirtió la postergación en política de Estado. El imperativo del Presidente no fue superar la crisis, sino evitar el conflicto político. En sus picos de popularidad, exaltaba su singularidad según esos parámetros en los que aceptaba moverse. Era cuando decía con disimulada arrogancia que no creía en los planes económicos, como declaró al Financial Times en 2020.

Ahora que pisan arenas movedizas Alberto y Cristina rehúyen del liderazgo y por debajo de ellos reina el desconcierto. Se anuncian medidas de dudoso cumplimiento, llueven rumores tremendistas, el oficialismo se protesta a sí mismo y surgen desde sus entrañas predicadores de tragedias como Juan Grabois, que reinstaló despreocupadamente el peligroso discurso de la “sangre en la calle” y la inminencia de saqueos. Máximo Kirchner y La Cámpora meditan sin intervenir, como si la nueva militancia consistiera en hacerse los distraídos.

La lógica del miedo

El portazo que dio Martín Guzmán obligó a Cristina a poner el cuerpo por miedo a que Fernández le revoleara la presidencia. Su compromiso se limitó durante tres semanas eternas a hacer silencio público y escuchar las medidas que tienen la cortesía de anticiparle.

Por temor a contrariarla en el recetario no aparece una propuesta para dejar de alimentar un déficit inmenso para el que ya no aparece financiamiento. Gestionar consiste, así, en buscar el parche más eficiente en una estructura que hace agua por cada rincón.

La sociedad percibe la confusión y busca protegerse como puede de la pulverización de su dinero, a pesar de que el Presidente y los voceros del negacionismo oficial descubran con horror que la crisis se espiraliza por la “especulación” de quienes actúan “pensando en su beneficio personal”. Es enternecedor ver cómo descubren el capitalismo funcionarios que en otra vida supieron ser expertos en ahorrar en dólares.

Acusar resulta más fácil que actuar. En un gobierno de nadie, el ministro de Seguridad da los mensajes económicos, el de Vivienda se mofa de los deudores que tomaron créditos UVA, la portavoz presidencial destrata a los periodistas por preguntar lo elemental, el jefe de Gabinete prepara una cumbre de gobernadores para empoderar a la ministra de Economía y solo consigue una postal de sillas vacías.

La última ocurrencia que la propia Cristina promueve es llamar a un diálogo con la oposición. Eso que sería tan natural en cualquier país sometido a un deterioro social dramático parece en la Argentina un recurso de gobiernos que presienten su final. Se vislumbra como una iniciativa condenada al fracaso porque parte desde el desprecio: la misma convocatoria ­incluye un rosario de acusaciones e insultos a aquellos a quienes se les pide sentarse a una mesa para buscar soluciones. Es la mano que arrastra hacia el precipicio.

“No vamos a pisar el palito. No piden ayuda sino un culpable alternativo para su propia crisis”, dice uno de los presidenciables de Juntos por el Cambio. Lo peor es que nadie abrió un canal verdadero de comunicación en semejante presente. Como si en realidad los llamados a la concordia fueran apenas condimentos para el relato victimista: señalar a aquellos que no quisieron poner el hombro en las malas.

En la oposición persiste el recuerdo amargo del debate parlamentario sobre el acuerdo con el FMI, en el que Juntos por el Cambio aportó sus votos para salvar al gobierno de Fernández mientras el kirchnerismo jugaba a denunciar traiciones al pueblo, sin mancharse las manos.

Los jefes opositores entraron en una etapa de consulta permanente para monitorear la crisis. Ya no le atribuyen “chance cero” a la posibilidad de una crisis institucional o un adelantamiento electoral. “Tenemos que estar preparados. Todo se acelera a un ritmo inimaginable”, dice otro de los aspirantes a suceder a Fernández. Elisa Carrió ya dijo en público que espera tempestades. Hoy no es ella la más dramática en el diagnóstico.

Hay coincidencia en Juntos por el Cambio en que las señales de Cristina y Alberto permiten sospechar que pueden patearles el tablero en pleno juego, a medida que la crisis financiera se agrava. Miran con desconfianza el operativo que ella ordenó para instalar la hipótesis de que la van a proscribir a partir de una condena judicial y sorprendió también la forma en que él se sumó a la ofensiva, atado otra vez al rumbo político que ella traza. Resignado, acaso definitivamente, a que el plan de reelección es un sueño terminado.

La pulsión autodestructiva del kirchnerismo 2022 parece irrefrenable. Pero puede ser una trampa para quienes lo enfrentan. Nada indica que Cristina Kirchner haya perdido su instinto de supervivencia: mostrarse como víctima y socializar el costo de la crisis puede ser la semilla de la esperanza de una resurrección futura. Solo hace falta que el ciclo decadente de la Argentina le permita ofrecerse otra vez como la arquitecta de un mal menor.

Por Martín Rodríguez Yebra

Fuente: www.lanacion.com.ar